El tiempo pasa, pero Rigoberta Bandini no cede y sigue con su ritual. A la altura de la penúltima canción del concierto de anoche, la celebérrima Ay mamá, y cuando entonó aquello de “no sé por qué dan tanto miedo nuestras tetas”, la cantante desabrochó su vestido palabra de honor y mostró sus pechos desnudos, ese modo de mostrar rabia por una sociedad patriarcal y orgullo infinito por ser mujer luchadora. Funcionó como el momento más vibrante de un recital al que le costó coger ritmo, pero cuando lo consiguió ya fue una línea ascendente imparable.
Rigoberta Bandini inauguró anoche la décima edición del ciclo musical madrileño Noches del Botánico, un encuentro desahogado y estimulante donde disfrutar de conciertos sin empujones, con un buen sonido y no lejos del centro de Madrid, en concreto en la Ciudad Universitaria. Ayer, además, circulaba una agradable brisa fresquita que incluso algunos recibieron con una rebeca. Serán 54 recitales entre junio y julio con nombres importantes como Van Morrison, Jean Michel-Jarre, Rubén Blades, Diana Krall, ZZ High, Belle & Sebastian, Love of Lesbian o Silvana Estrada. Paula Ribó, nombre actual de Rigoberta, abrió el ciclo con la primera de sus tres noches (repite mañana y pasado) con las entradas agotadas; a 4.000 cada jornada, la catalana despachó 12.000 boletos, a unos 44 euros de media. Muy meritorio.
Presentó un espectáculo potente, acompañada por una banda con mayoría de mujeres, siete (contando a la estrella) por dos hombres: cuatro músicos (batería, bajo, guitarra y teclados) y cuatro coristas/bailarinas que la acompañaron en muchas fases del concierto. La teatralidad funcionó como hilo vertebrador del recital. Bandini, con formación actoral, desplegó un amplio abanico interpretativo para ilustrar esas canciones de pop electrónico punteadas de sentido del humor que narran, muchas de ellas, situaciones a las que se enfrenta una mujer en un contexto aún demasiado machista. Jugó mucho con la gestualidad de su rostro y para ello utilizó una pequeña cámara situada en el micrófono, así que se podía ver un plano frontal de su cara en la pantalla lateral. Una pena que existiera un desajuste de un segundo entre imagen y sonido, un fallo ya recurrente en los conciertos que impide disfrutar del efecto buscado.
El tronco del concierto gravitó sobre su último trabajo, Jesucrista Celebrity, un disco irregular donde Bandini se dejó por el camino la irónica frescura que impregnó su primer repertorio. Como de la veintena de canciones que ofreció la mitad pertenecían a ese disco, hubo momentos algo monótonos. Estuvo habladora, como por ejemplo después de Abraxas, una canción en la que repite “Jesucrista es”; al terminarla dijo: “Ya que está el Papa por aquí, a ver si le llega el Jesucrista”. En otra ocasión, señaló: “No sabía si lo iba a decir o no, pero no estoy sola haciendo este present”. Algunos interpretaron que aprovechaba para anunciar el embarazo del que será, si se confirma la feliz noticia, su segundo hijo. Si es así, desde aquí nuestras felicitaciones; su pareja, por cierto, de nombre Esteban Navarro, es el director musical y teclista de su grupo.
A partir de la entregada versión de El Amor, tema que popularizó Massiel, el concierto emprendió la escalada. A continuación, una de las coristas bajó a la pista con una botella y mientras repartía chupitos afrontó su propio confesionario. Una mujer, que dijo llamarse Elena, le contó: “Tengo la menopausia y mi chico no quiere parar de tener sexo, pero yo estoy cansada”. Muchas risas entre el público. Bandini descendió a continuación y cantó entre el público Amore Amore Amore.
Con Perra, ya en la recta remaining, la mayor parte de los espectadores (de todas las edades, muchas mujeres e incluso niños) de la grada dejaron sus asientos para bailar y corear eso de: “Yo nací para ser perra. / Por favor, dejadme serlo, pero no quiero llevar nunca el bozal”. Cerró el concierto con Too Many Medication, Ay mamá (la canción más festejada de la noche) y Busco un centro de gravedad permanente. Los nueve músicos se marcharon del escenario bailando Mayonesa, que sonaba por los altavoces. El público, contagiado, también abandonó el recinto bamboleándose.
