En un momento de plena renovación de la industria japonesa ajena al cine de género y al formato animado —vertientes en las que no pocos directores traspasan fronteras con continuidad—, además del maestro Hirokazu Kore-eda y del prestigioso Ryûsuke Hamaguchi —Drive My Automobile, Oscar a la mejor película internacional, y El mal no existe, Gran Premio del Jurado en Venecia—, parece que va siendo hora de apuntar en la cabeza un nuevo nombre: Chie Hayakawa, mujer de 47 años que con apenas dos largometrajes y presencias consecutivas en Cannes, primero en la sección Una cierta mirada y luego en la Competición por la Palma de Oro, ha demostrado su talento a través de sendos relatos de enorme singularidad en su narrativa y en sus postulados, abarcando además los dos extremos de su sociedad, la tercera edad y la primera.
Plan 75, estrenada en los cines españoles en este mismo mes de abril de hace tres años period un sobrio dolor de muelas emocional y artístico con un distópico punto de partida nada descabellado para los tiempos que corren: con el objetivo de aliviar los problemas demográficos y económicos en materia de pensiones, y a consecuencia de la escalada de crímenes de odio contra los ancianos, el gobierno japonés los alentaba a optar por el suicidio asistido llegada la edad del título de la película. En Renoir, su segundo trabajo como directora, en cambio, centra su mirada en una niña de 11 años a la que las circunstancias parecen querer convertir en una adulta precoz: padre con cáncer terminal y madre seca, distante y superada por la coyuntura, incapaz de entrever la soledad de su hija.
De todos modos, y a pesar de la crudeza inicial del relato, no es Renoir una película despiadada, y sí esperanzadora y luminosa, repleta de colores azulados, con los que Hayakawa articula secuencias de preciosa poesía visible que encienden la pantalla. Unas, a pie de calle, como el encantador baile de los críos junto al fuego, y otras de carácter alucinado, como el cóctel en el barco. Eso sí, la narrativa se toma su tiempo y, sin ser una historia complicada, sí que su primera media hora puede resultar un tanto ardua hasta que el espectador va encontrando su lugar. Un sitio en el que la delicadeza de la autora con los temas más enojosos (cómo se afrontan la enfermedad, la muerte y la soledad, principalmente), casi como unos nuevos 400 golpes del siglo XXI, siempre pesa más que la aspereza del mundo en el que tiene que desarrollarse una cría que, en una de las primeras secuencias del relato, compone en clase una redacción sorprendentemente bien escrita para su edad y de título tan mayestático como alarmante: “Me gustaría ser huérfana”.
Dada la ambientación en el año 1987, además de la edad de la directora y del carácter imaginativo con un punto de extravagancia, pero inusualmente creativo del personaje protagonista, no es difícil entrever en la chica a la propia Hayakawa, algo confirmado por ella misma en las entrevistas promocionales de Renoir. Una línea de autoficción y de inventiva onírica que entronca sin lugar a dudas con el de la española Carla Simón en Romería, película que casualmente (o no) concursó en Cannes el pasado año junto a la de la cineasta japonesa.
Es Renoir una obra paradójicamente radiante y sórdida, que nunca acaba de hacer sangre con sus acontecimientos, y en la que acaba dominando la luz. Y ahí el título tiene mucho que decir, pues nace de la presencia en la historia del cuadro La pequeña Irène, pintado por el artista francés en 1880, con semejantes características a las de la protagonista en sus trazos pictóricos: delicadeza, ensoñación y mirada hacia dentro de sí misma, tejiendo un mundo specific en el que quizá escapar del desastre de fuera.
Renoir
Dirección: Chie Hayakawa.
Intérpretes: Yui Suzuki, Hikari Ishida, Ayumu Nakajima, Yumi Kawai.
Género: drama. Japón, 2025.
Duración: 116 minutos.
Estreno: 17 de abril.
