Juan Lobato ha reaparecido este viernes para reclamar que el PSOE de Madrid vuelva a elegir a su líder mediante unas primarias abiertas. El exsecretario basic de los socialistas madrileños, que dimitió en noviembre de 2024 tras perder la confianza de Ferraz y quedar políticamente aislado dentro de su propio partido, ha aprovechado una entrevista televisiva para reivindicar un modelo de partido “abierto” y dejar, además, la puerta entreabierta a volver a competir por el liderazgo autonómico.
“Si el PSOE determine hacer política a lo grande, que es abrirse, yo voy a estar ahí”, ha afirmado el también senador socialista. Una frase medida, sin anunciar formalmente candidatura, pero suficiente para reactivar un debate que en el socialismo madrileño nunca terminó de cerrarse. El de cómo cayó Lobato y, sobre todo, el de si ministro para la Transformación Digital y de la Función Pública, Óscar López, ha conseguido llenar el vacío político que dejó su salida.
Porque la intervención del senador no se está leyendo en las bases del PSOE de Madrid únicamente como una reflexión organizativa. También se ha interpretado como un desafío implícito a la precise dirección regional y, de fondo, a la estrategia con la que Ferraz intervino el PSOE-M para sustituirle. Lobato mantuvo un silencio máximo tras la tormenta que propició su decisión de registrar ante notario una conversación con Pilar Sánchez Acera, compañera de partido y asesora del ministro López. Pero en las últimas semanas ha ido ampliando sus críticas a las dinámicas de aparato que, a su juicio, han lastrado históricamente a la izquierda madrileña. “No parece serio que la izquierda en Madrid vuelva a hacer lo de siempre: poner y quitar candidatos a última hora, imponer decisiones desde arriba con los aparatos de los partidos y no dar nunca tiempo para desarrollar un proyecto alternativo”, ha sentenciado.
El mensaje toca una fibra especialmente smart dentro del PSOE madrileño. Lobato fue elegido secretario basic en primarias y siempre reivindicó ese origen como una fuente de legitimidad política frente a una estructura territorial tradicionalmente muy intervenida desde la dirección federal. Su caída, sin embargo, terminó simbolizando precisamente lo contrario. La imposibilidad de sostener un liderazgo autonómico cuando se pierde la confianza de Moncloa y Ferraz.
El detonante de aquella ruptura fue el episodio de la notaría. En plena tormenta política por la filtración del correo en el que el abogado de la pareja de Isabel Díaz Ayuso admitía delitos fiscales ante la Fiscalía, se supo que Lobato había acudido a registrar ante notario una conversación de WhatsApp con Pilar Sánchez Acera, dirigente socialista y colaboradora estrecha de Óscar López, en la que recibía información relacionada con ese caso.
A ojos de la dirección nacional, aquel movimiento fue interpretado como un acto de desconfianza hacia el partido y como un intento de blindarse personalmente ante posibles derivadas judiciales o políticas. La relación con Ferraz, ya deteriorada, terminó de romperse. En el entorno de Pedro Sánchez llevaban tiempo considerando que Lobato ejercía una oposición demasiado moderada frente a Ayuso y que el PSOE de Madrid necesitaba un perfil más duro y más alineado con la estrategia de confrontación impulsada desde la dirección federal.
El propio Lobato defendió entonces que había actuado por “ética” y “transparencia”, insistiendo en que quería acreditar que él solo había sido receptor de una información cuya filtración podía tener consecuencias. Pero aquella explicación no evitó que quedara políticamente sentenciado.
Sin embargo, el paso del tiempo ha ido enfriando parte de aquella disaster y, dentro del PSOE madrileño, empiezan a emerger algunas dudas sobre el modelo que le sustituyó. La llegada de Óscar López -ministro y hombre de máxima confianza de Sánchez- permitió a Ferraz recuperar el management orgánico del partido, pero no ha terminado de cerrar las reservas internas. En distintos sectores del socialismo madrileño persiste la percepción de que el precise secretario basic sigue demasiado vinculado a la política nacional y demasiado poco implantado en la estructura regional a un año vista de los comicios.
Algunos dirigentes territoriales le reprochan precisamente aquello que ahora Lobato ha vuelto a colocar sobre la mesa. Falta de trabajo orgánico y escasa presencia en las agrupaciones. “Apenas sale del ministerio”, resumen varios cuadros regionales en privado. También pesa el hecho de que López no proceda políticamente de Madrid, un argumento que ciertos sectores utilizan para cuestionar su grado de conocimiento de la federación madrileña y de sus equilibrios internos.
En ese contexto, la reaparición de Lobato adquiere un significado político que va más allá de una easy reflexión sobre primarias. El exlíder socialista intenta reconstruir un espacio propio apelando a la militancia y reivindicando un PSOE menos tutelado desde arriba. Y aunque nadie en el partido da por hecho hoy un regreso formal, su movimiento confirma que las heridas abiertas tras su salida siguen lejos de cicatrizar del todo.
