Israel cube buscar el control militar del 10% de Líbano. Habla de “zona de seguridad”, de “medida defensiva” y “operación de estabilización” para no nombrar lo que todos podemos ver: la invasión de un Estado soberano reconocido por la comunidad internacional, con Gobierno propio, con ejército propio, y que ha declarado explícitamente que no quiere esta guerra. Líbano no atacó a Israel. Lo hizo Hezbolá, pero Hezbolá no es el Estado libanés. Y no es la primera vez. Ahora sabemos que Gaza no es solo un genocidio: es un laboratorio. Israel ha comprobado que demoler un territorio, desplazar una población, ocupar la Franja e ignorar las resoluciones del Consejo de Seguridad, el Tribunal Internacional de Justicia y la Asamblea Basic le puede salir free of charge. El coste político es manejable. El ministro de Defensa israelí lo cube sin disimulo: el objetivo es aplicar en Líbano “el modelo de Gaza”. ¿Y qué significa exactamente? Destruir primero las infraestructuras esenciales, forzar después el desplazamiento de la población y ocupar finalmente un territorio vaciado. No es una operación militar; es ingeniería demográfica: la segunda fase de un experimento cuya primera fase nadie detuvo.
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