Sonreír (en exceso) está sobrevalorado. Parafraseando la sentencia (apócrifa) que la tradición adjudicó a Abraham Lincoln, pero que otros atribuyen a Jacques Abbadie –“Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo, pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”– la simpatía, sobre todo en el caso de un político, funciona hasta un grado determinado. Después se transforma en impostura o en frivolidad. Sobre todo en el Sur, donde Machado (Antonio), en su Juan de Mairena, recoge esta vieja copla common: “Cuando los gitanos tratan / se mienten y no se engañan”.
Algo related le ha sucedido al Gran Laurel tras perder la mayoría absoluta en Andalucía. Su campaña, a excepción de un breve paréntesis después del primer debate, cuando tuvo que recurrir al comodín catalán, ha sido una inmensa pompa de azúcar: buenas palabras, mejores formas, karaokes y piruletas para todos. Un menú no apto para diabéticos que, sin embargo, ha acabado haciéndole naufragar. Las puertas del Quirinale –que ahora administra Vox– se abrirán, pero es dudoso que, como sucedió en 2022, el Corpus de este año se celebre con alamares a las puertas de la antigua Universidad de Mareantes de Sevilla.
La amarga victoria de Feijóo en 2023 se debió al pinchazo del PP andaluz solo un año después de lograr su mayoría absoluta
El 17M muestra que la vía andaluza –una moderación táctica que no es sino la mímesis postmoderna del antiguo PSOE andaluz, escabechada con una tibia albahaca andalucista–, aunque conduzca de nuevo al Quirinale, no pasa después por la Moncloa. Al menos, no en línea recta. Moreno tendrá que endeudarse con Vox para poder ser investido. Y este sacrificio advierte a Génova que su plan para sacar a Sánchez de la Moncloa no tiene garantizada una senda cómoda. El Adelantado de Feijóo –un papel que Moreno asumió con gusto porque veía en el libreto el augurio de su propio desfile– ha quedado atrapado entre la maleza ultramontana. Su dependencia, suitable con una victoria agria, supone un indiscutible retroceso y convierte en estériles los arcos triunfales –los comicios de Extremadura, Aragón y Castilla y León– que Génova situó en su Vía Apia.
La trompetería de San Telmo no va a poder disimular el contratiempo: Feijóo, en estos momentos, es más débil en el frente interno con Ayuso (su némesis) y tiene algo más difícil argumentar –con la solidez que le hubiera otorgado una segunda mayoría absoluta del Gran Laurel– que el PP es capaz de gobernar España sin dependencias ajenas y sin recabar el apoyo de los ultramontanos. Andalucía deja así de ser una excepción y se suma a la norma extremeña, aragonesa y castellano-leonesa. No es una buena noticia para Génova.
Menos aún para Feijóo, cuya amarga victoria en 2023 obedeció, en buena medida, a que Moreno, tras arrasar en las autonómicas de 2022, no pudo retener, apenas un año después, la transferencia de votos prestados que le ayudaron a alcanzar los 58 diputados. La vía andaluza nunca ha sido un preludio, sino la prueba de que los sueños nunca ocurren como imaginamos, sino de otra manera. Y, a veces, no suceden.
