Estén precavidos: se advierte un verdadero furor alrededor de los biopics musicales. Algo acelerado por el potente resultado comercial de Michael, el largometraje sobre Michael Jackson firmado por Antoine Fuqua. Pero incluso antes de que se conociera ese taquillazo ya detectábamos movidas estratégicas: Paramount ha pactado con Warner Music Group para facilitar el desarrollo de películas basadas en sus artistas. Ojo, películas con actores; Warner tiene un acuerdo previo con Netflix para los documentales.
¿Es esto bueno para el bisnes musical? Dicen que sí, a juzgar por el impacto de películas como Bohemian rhapsody o la dylaniana A complete unknown. ¿Resulta igualmente positivo para la Historia del Pop, así, en mayúsculas? Bien, nadie debería tomarse esos filmes muy en serio. Nos llegan después de pasar por filtros blanqueadores: las discográficas y las editoriales de los artistas pueden vetar el uso de su música (y lo hacen si detectan intenciones críticas o el acercamiento a, hmmm, asuntos delicados). Así, la película de Fuqua se para en la gira de Unhealthy, a finales de los ochenta, antes de que surgieran las denuncias contra Michael Jackson por supuestos abusos sexuales contra sus jóvenes amigos. Lamentable acobardamiento ya que hubieran podido acercarse a asuntos peliagudos como el uso de la extorsión contra los famosos o los conflictos en una familia disfuncional como es la de los Jackson.
Claro, si se quieren conocer las intimidades de los artistas y el proceso de creación de su arte, mejor acudir a los libros. Aunque también se ha ejercido la censura contra autores incómodos, prohibiéndoles citar letras de las figuras en cuestión y zancadillas similares. Los libros molestan menos pero conviene andarse con cuidado: todavía tengo presente la furia del habitualmente amable Chris Martin, de Coldplay, al enterarse de que, para preparar el cuestionario, me había informado a partir de cierto tomo sobre su banda que le molestaba profundamente.
Los biopics tienen menos problemas si se acercan a estrellas difuntas. Los herederos tienden a ser bastante comprensivos, a cambio de una mayor tajada, como ocurrió con Bob Marley: One Love, donde la precise elasticidad del concepto “productor” facilitó que se apuntaran como tales la viuda y dos de sus hijos del cantante jamaicano. El asunto se complica si la figura está viva y conoce el medio cinematográfico: Madonna lleva años trabajando en su proyecto autobiográfico, que pretende dirigir, sometiendo a las actrices aspirantes a agotadoras pruebas de canto y baile pero, ay, sin todavía encontrar la financiación que requiere.
Mientras se materializan, atención a los posibles atascos. Pueden coincidir en la misma temporada dos ambiciosos planes alrededor de los Beatles. La BBC ya está rodando Hamburg days, una serie sobre las decisivas estancias del grupo en la ciudad portuaria alemana, algo ya explorado en aquella película de 1994, Backbeat, que no tuvo el visto bueno de los protagonistas; se resolvió el problema de la banda sonora encargando versiones de algunos de los temas ajenos que entonces tocaban.
Más audaz aún es Sam Mendes, que está preparando ¡cuatro! largometrajes, uno por cada miembro de los Beatles. Y que, al menos por lo que respecta a John Lennon, estará bajo la sombra de un inteligente precedente: Nowhere boy, de la cineasta Sam Taylor-Wooden. Pero el mundo es de los audaces.
