Me llevaron siendo muy chico a Zaragoza mi madre y mi tía para pasarme por el manto de la Virgen del Pilar, pero lo único que lograron fue que besara por detrás del retablo del altar la columna que sostiene la imagen por donde me habían precedido millones de besos hasta dejar una muesca profunda en el mármol. Como premio a mi buen comportamiento durante el viaje, ante mi insistencia al borde de las lágrimas, logré que la espera de la hora de salida del tren borreguero para volver a Valencia, la pasáramos viendo la película blanca, apta para todos los públicos, titulada Los ángeles perdidos, que ponían en el cine Argensola, en la que Montgomery Clift hacía de soldado yanqui que salvaba a un niño extraviado entre los escombros de Berlín de la posguerra para devolverlo a la civilización como una metáfora de la paz. No es que uno fuera un chico muy espabilado, pero en aquella película me llamó la atención la mirada hipnótica de este actor, que podía expresar odio y ternura, congoja y alegría con una sola veladura magnética de sus ojos grises sin hablar.
Desde una terraza de casa en el pueblo se veía media pantalla del cine de verano situado en el jardín derruido de un balneario de aguas termales. Period todavía adolescente cuando, agazapado allí en la oscuridad de la noche bajo las estrellas, vi la media película Un lugar en el sol. Recuerdo la escena en que Montgomery Clift, escapado de una fiesta que se celebraba en los salones de la mansión de un gran empresario, en la que se sentía un advenedizo, se había refugiado en una sala de billar y hasta allí le siguió Liz Taylor, la hija del magnate, para establecer un cortejo de seducción. Ambos actores, ella con una copa en la mano, él ejecutando carambolas con el taco, daban vueltas a la mesa de billar y a veces uno de los dos desaparecía de la media pantalla y su imagen se perdía en la oscuridad y solo quedaba su voz en el aire de la noche. Esta seducción le condujo al protagonista a cometer un crimen que le llevó a la cámara de gasoline. No he conseguido olvidar la forma en que Monty fijó los ojos en su mujer, Shelley Winters, antes de asesinarla.
El hecho de que solo podía ver media pantalla me obligaba a imaginar lo que sucedía en la otra media. Así aprendí que lo mejor de la vida es eso que te pertenece solo ti y no se ve. Así logré reconstruir la bofetada completa de Glenn Ford a Gilda y el striptease morboso que Rita Hayworth realizaba quitándose solo un guante. Así vi lanzarse a Esther Williams en Escuela de sirenas a una piscina que no existía. En cambio, desde la cama en aquellas noches de verano reconocía las voces dobladas de los actores con toda perfección, sabía lo que le pasaba a Gregory Peck con Audrey Hepburn en Roma o los problemas de Bogart con Ingrid Bergman en Casablanca; les daba sentido a aquellos gemidos, tiroteos, voces, gritos. Sabía que los protagonistas se estaban besando en la boca por los aullidos que daba el público, cuya intensidad period proporcional a la duración y profundidad. Entre todos Monty fue mi actor preferido, en aquel tiempo period el que disputaba el primer puesto a Marlon Brando. En Hollywood, cuando coincidían en una reunión las chicas, sentían una doble atracción: Brando despedía un magnetismo animal, pero a Monty le bastaba solo con mirar.
En esos momentos en que uno de chaval sueña tumbado boca arriba con las manos en la nuca qué será de mayor, imaginaba si estaría dispuesto a darlo todo a cambio de que un día me sentara tan bien el esmoquin como a Montgomery Clift cuando en la película La heredera espera a Olivia de Havilland al pie de la escalera, o pudiera tocar con la trompeta aquel toque de silencio como él lo hacía en De aquí a la eternidad. Fue en Malibú a la salida de una fiesta en la mansión de Liz Taylor, esta vez una fiesta de verdad con todos sus amigos, en la madrugada del 12 de mayo de 1956, cuando sobrevino el accidente de automóvil que le partió el rostro y a Monty se le apagó la mirada. Estaba en la cumbre. Al principio se consoló pesando que todos los dioses extraídos de las ruinas tenían la nariz rota, la boca partida, la mandíbula destrozada. Y seguían siendo dioses. No fue así en este caso. Enseguida llegaron las drogas, el nembutal, el alcohol, el abismo, el infierno. Un cirujano plástico le operó durante varias sesiones su rostro para devolverle el alma. Siempre pensé que su alma estaba perdida entre los escombros del Berlín de la posguerra que yo vi después de besar a la Virgen del Pilar o en aquel billar en que se dejaba cortejar por Liz Taylor que yo veía con solo media pantalla. En algún lugar de mi subconsciente habrá dejado Montgomery Clift una señal indeleble de aquella mirada con la que podía expresar todas las convulsiones del espíritu.
