“Vivero de ruina con oficio de cantera”. El arquitecto Ignacio Gil Crespo se acoge al análisis que el crítico de arte Juan Antonio Gaya Nuño utilizó a principios de los años cincuenta para calibrar la salud de los castillos españoles. “Cuando visitas una población donde el castillo está un poco arruinado, es muy fácil ver en las casas algunos de sus trozos”, describe el especialista, miembro de la comisión del Plan Nacional de Arquitectura Defensiva. Aunque hoy el estado normal de las fortalezas sigue siendo, en normal, ruinoso, algunas cosas han cambiado en este último siglo. “Llevamos 800 o 1.000 años de abandono y 100 de sensibilización y restauración”, precisa. Sin embargo, en el paisaje nacional —indisociable de torres, murallas, almenas y barbacanas— sigue pesando la falta de información. Para evitar la progresiva muerte de las fortificaciones, el país debe saber primero cuántas hay y dónde están, pero los sucesivos intentos de contabilizarlas, clasificarlas y precisar su estado de conservación aún no han llegado a completarse. “Todavía no hay un inventario definitivo, muchas veces no se sabe ni que están”, lamenta Gil Crespo.
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