Desde la basílica de San Pedro, el Papa casi lo grita: “¡Deténganse!”. Se dirige a los poderosos de la tierra, a quienes “exhiben la fuerza”. Estamos en “una hora dramática de la historia”: la guerra desencadenada por Israel y Estados Unidos contra Irán nos hace vivir como en una “pesadilla nocturna”. Y León XIV eleva el tono como nunca.
En la vigilia de oración por la paz, dentro de la basílica vaticana, el Pontífice pronuncia un discurso contundente. Retoma los llamamientos pacifistas de sus predecesores, de Pablo VI a Juan Pablo II, e invita a rezar y a actuar para poner “un dique a ese delirio de omnipotencia que se vuelve cada vez más imprevisible y agresivo. Los equilibrios en la familia humana están gravemente desestabilizados”.
El mensaje se endurece: “¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra!”. Y apunta directamente a los líderes: “los gobernantes de las naciones tienen responsabilidades ineludibles”. No menciona nombres, pero deja alusiones claras. Habla de las cartas que recibe de niños en zonas de conflicto: “al leerlas se percibe, con la verdad de la inocencia, todo el horror y la inhumanidad de acciones de las que algunos adultos se jactan con orgullo”.
El Pontífice americano
El mensaje a la Casa Blanca “Incluso el Santo Nombre de Dios es arrastrado en discursos de muerte”
En Washington deberían darse por aludidos, también porque el Papa de Chicago vuelve a señalar a quienes han utilizado el nombre de Cristo para justificar la guerra: “Incluso el Santo Nombre de Dios —el Dios de la vida— es arrastrado en discursos de muerte”.
Prevost no oculta su angustia ante una época en la que “las tumbas parecen no ser suficientes, porque se sigue crucificando y aniquilando la vida, sin derecho ni piedad”. Asume incluso el coste político de sus palabras: rechazar la lógica bélica —admite— puede costar “incomprensión y desprecio”. Y, aun así, insiste.
“Es tiempo de paz”. Sentarse a negociar, repite, no es una opción ethical entre otras, sino la única alternativa al abismo. Porque, advierte, “nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra”.
