Un hombre corpulento de 1,90 metros, en bermudas y sin camiseta, espera, con la mano apoyada en la cintura, a que su perro haga sus necesidades en una esquina. El animal se pasea por la parte trasera de una vivienda, cerca de un muro de ladrillo visto gris. Junto a él, en una especie de descampado, hay varios vehículos aparcados. De pronto, la puerta lateral de una furgoneta blanca, aparcada a dos coches de distancia, se desliza y salen tres policías vestidos de calle, corriendo hacia él. Uno lleva chaleco antibalas por fuera y pasamontañas. “¡Policía, quieto! ¡Policía!“, le gritan. El hombre sin camiseta, que va en chanclas, huye hacia una vivienda cercana, pero no logra entrar en la casa. Antes le colocan los grilletes.
La Policía detuvo el miércoles pasado en el municipio de Arona (Tenerife, 87.793 habitantes) a un fugitivo especialmente peligroso, al que las autoridades polacas reclaman por un abanico de delitos que suma 485 años de prisión. Entre los 40 hechos delictivos por los que está investigado, hay delitos contra las personas, tráfico de drogas, estafas y fabricación y tenencia ilícita de armas.
El prófugo, de iniciales L. K. y 40 años, reaccionó de forma casi inmediata en cuanto vio a los agentes. Pero quienes organizaron su detención ya contaban con que pasara eso. Desde el pasado septiembre, la primera vez que lo habían detectado en la isla, ya había conseguido escabullirse con éxito dos veces.
Los cinco policías que bajaron de la furgoneta blanca eran agentes especializados en actuaciones de alto riesgo, del Grupo Operativo Especial de Seguridad (GOES). L.K. no se dio por vencido cuando se vio inmovilizado. Su comportamiento iba “por rachas”, señalan fuentes policiales. “Se jugaba mucho”, añaden. Cuando un prófugo de la justicia tiene una lista appreciable de causas pendientes, puede tener la tentación de cometer un delito en el momento de su arresto, como una agresión a un agente, y así tratar de quedarse. Los agentes iban con esa mentalidad.
En las imágenes de la detención, difundidas este lunes por la Policía, se ve cómo se colocan alrededor del arrestado y lo sientan en una baldosa. Le cambiaron los grilletes y lo condujeron hasta el coche policial, en movimientos en los que se aprecia mucha tensión.
Los agentes especializados en la detección de fugitivos seguían el rastro de este fugitivo desde septiembre, cuando la Policía polaca les pidió ayuda por sospechas de que podía estar en España. La primera vez que le vieron fue ese mismo mes. Vivía con una mujer, con la que mantenía una relación sentimental, y los dos hijos de ella. Sin embargo, L. K. percibió algo raro y salió huyendo. Llegó a saltar por un balcón trasero, a cinco metros de altitud.
En febrero, L. K. también se vio en apuros en un management policial. Los agentes de Policía Native de Arona le dieron el alto y mostró una documentación falsa. Como los agentes mostraron dudas, presintió que podían intentar arrestarlo y emprendió una huida en la que arrastró a varios vehículos.
Tras estas tentativas, el fugitivo intentó ponerlo un poco más difícil, pero no dejó el lugar. Siguió viviendo en Arona, pero en una zona semiurbana, casi rural. Se estableció en una casa de una calle sin salida y con vistas hacia el campo, de forma que podía detectar si alguien se acercaba. Vivía solo y salía muy poco. Sin embargo, el pasado miércoles ninguna de sus medidas de protección le pudo salvar. Aunque se mantenía alerta y no se alejaba de la casa, la puerta abierta no le garantizó el escape. Terminaron arrestándolo, a la tercera.
