Enrique Ortiz de Landazuri Izarduy, Enrique Bunbury (Zaragoza, 58 años), llega con un muy ligero retraso al lodge en el que se ha concertado la entrevista. Pide amplias disculpas. Ha venido a paso rápido. Abre un agua para refrescarse. Cuando se sienta, cuando uno observa su figura, su perfil, su modo de hablar y de moverse, y oye su famosa voz, comprende rápido: es un icono absoluto. Tiene nuevo álbum, De un siglo anterior.
Pregunta. Ha dicho que con este disco es más usted que antes.
Respuesta. ¿Eso he dicho?
P. Pues ya me hace dudar.
R. Si lo he dicho, me contradigo sin problema. Cada álbum refleja el momento en el que estás y la música que quieres hacer. Con los años vas adquiriendo cierta convicción: pisas el terreno con más firmeza. Cuando period más temerario e inocente period también yo, pero con otras virtudes y otros defectos.
P. ¿Se suele arrepentir de algo?
R. En todos los discos sobra una canción que me podía haber ahorrado. Y cuanto más largo es el disco, más posibilidades hay de que en vez de una, sean dos o tres.
P. El tiempo hace estragos.
R. Al principio son todas imprescindibles. Luego ya piensas: bueno, no estuve tan acertado en estas. Pero esos errores son los que hacen que vayas evolucionando: no los repites más, y te permites otros errores nuevos.
P. Usted, en el siglo anterior, fue una estrella adolescente que fundó un grupo legendario, Héroes del Silencio. Y aquí sigue 40 años después.
R. Los que venimos del siglo anterior hemos conocido un mundo que empieza a diluirse. Los mapas de carreteras, los videoclubes. O la canción de Quique González del último disco, que habla de los coleccionistas: somos la última generación de coleccionistas. Algunas cosas, como las revistas de los quioscos, van desapareciendo, mientras que a nosotros todavía nos importa el objeto físico del disco, por ejemplo.
P. Hábleme de los discos.
R. En 2005 tuve una conversación con un directivo de la compañía. Planteábamos cómo veíamos el futuro, cómo iba a cambiar, si el formato dejaba de tener valor, y él me dijo una frase que para mí fue sustancial: la industria discográfica debería cambiar de nombre, porque es discocéntrica, gira en torno al disco. La industria discográfica tiene que ser industria de la música en torno a la música, y eso va a abarcar muchas otras cosas. Y es lo que estamos viendo: se ha expandido hacia el documental, el merchandising, la esponsorización, mucha gira. Hoy muchos han ampliado sus inquietudes, sobre todo los artistas pop, que son los que abrazan la esponsorización con mucha alegría.
P. ¿Qué le parecen los confesionarios de Rosalía?
R. Se buscan los momentos virales en el present. Eso lo hizo también, de otra forma, Dua Lipa en su última gira: en cada ciudad hacía una versión de una canción propia de ese sitio. Coldplay también hacía eso: así siempre hay algo viral de lo que se va a hablar.
P. ¿Cómo se lleva con la viralidad?
R. Muchas veces intentamos hacer resúmenes de las cosas a base de brochazos, intentando explicar qué ocurre en toda la industria, en todas las giras o en toda una generación. Pero igual que estamos viviendo el momento cumbre de la música latina, podemos decir que es el momento cumbre de bandas alternativas o de rock, u otros géneros de los que no nos enteramos. No sé cómo va la música electrónica ahora mismo ni quién está llenando, pero seguro que hay alguien metiendo 200.000 personas en el desierto de no sé dónde. En Estados Unidos, Zach Bryan, un artista de country, está vendiendo millones de discos y entradas, con unos números brutales que seguramente en España nadie conoce.
P. Es paradójico porque web nos ha conectado de una forma brutal, pero, quizá por sobreabundancia, se ha compartimentado todo muchísimo. Hay tipos con millones de seguidores y hoteles colapsados allá donde van de los que no sabemos ni que existen.
R. Burbujas de información. Pero eso ocurre a nivel musical y a nivel político o deportivo: a todos los niveles. No quiero faltar a nadie, pero yo no sé de fútbol. Si me nombras a cinco jugadores importantes de tu equipo favorito y me los cruzo ahora mismo aquí, no tengo ni thought de quiénes son.
P. Le pone cara a Cristiano y a Messi, y ya. ¿O ni eso?
R. Lo ignoro todo del fútbol. En una cena de la revista GQ tuve a Messi sentado enfrente de mí. Yo iba con mi supervisor y le pregunté en bajito: “¿Quién es?, ¿porque parece que todo el mundo lo adora?”. Me dijo: “Joder, es Messi, es el mejor jugador del mundo”.
P. Creo que usted es la única persona del mundo a la que creo si me cube que no conocía a Messi.
R. Period una mesa alargada, pero yo lo tenía justo enfrente.
P. ¿Habló con él?
R. ¿Qué le voy a decir yo si no sé qué preguntar? Con todo el respeto del mundo. Le pregunté a mi supervisor, que es superfán del fútbol, y me dijo: es el mejor jugador del mundo.
P. ¿Y en la música?
R. En la música pasa lo mismo. Yo he vivido años, hasta hace bien poco, sin haber escuchado ni una canción de Taylor Swift.
P. Pero si vive en Los Ángeles.
R. Ya, pero nadie entra en tu casa a obligarte a escucharla. Yo vivo en Los Ángeles y escucho el nuevo disco de Diego Vasallo. Tienes el dispositivo para escuchar lo que quieras, de donde quieras.
P. Un bar, un supermercado…
R. Claro, es posible que las hubiera oído, pero no sabía que period de Taylor Swift.
P. Sus canciones suelen rondar las contradicciones, ese momento en el que uno no sabe si va, viene o vuelve, de duda, de incertidumbre.
R. A mí me encanta dudar y ponerlo todo en duda, incluso cuando crees que tienes convicciones muy firmes. Escuchar a alguien que puede contradecir tus concepts, reforzarlas o matizarlas. De vez en cuando pongo en duda mis propios pilares para reforzarlos o para encontrar un matiz nuevo con el que tener el discurso mejor estructurado.
P. Ha sido muchos Bunburys. ¿Tiene uno más libertad a los 58 o a los 18?
R. La pregunta es: libertad para qué. Cuando eres muy joven hay una serie de libertades que no tienes, por ejemplo económicas o de conocimiento, pero tienes una valentía determinada, más bravucona, más empecinada. Conforme avanzas tienes acceso a nuevas libertades y vas abandonando otras que te parecen más insustanciales, más infantiles, que surgen a borbotones pero son menos pensadas y a veces descubres que te representan menos. Cuando eres joven vas de cero a cien más rápido.
P. ¿Recuerda el momento en que se independizó económicamente?
R. Muy pronto porque nos fue muy bien rápido, pero no lo disfruté hasta mucho después. Desde que empezó el grupo hasta que explotó, todos estuvimos girando, grabando y componiendo constantemente. No parábamos. Nunca tuvimos un momento para decir: me voy a alquilar un yate.
P. No había tiempo para gastar.
R. De hecho, en una vuelta de gira mis padres me habían comprado una casa con mi dinero, para que tuviera algo en Zaragoza. Un piso. Yo tendría 21 o 22 años. Mis padres dijeron: “Deberías comprar algo, cómprate un piso aquí”. Y ese fue mi primer piso.
P. ¿Se mantiene uno arriba gracias a la curiosidad?
R. Puede ser. También es muy importante tener gente de confianza. Aunque en la portada ponga mi nombre, hay un equipo: administration, técnicos, músicos. Siempre me he querido rodear de gente que me aportara, con la que crecer y aprender. Y luego hay otros elementos sustanciales, como la búsqueda de la internacionalidad. Con Héroes ya salimos de España con el primer disco, y buscar otros lugares donde entenderme con otros públicos ha sido clave. Si soy lo que soy, mucho tiene que ver con que he vivido y trabajado mucho en Latinoamérica. Incluso en Estados Unidos, en los 90 ya girábamos.
P. Es un sueño de artistas españoles en cuanto se consagran aquí: mirar hacia América. Pero…
R. Está Rosalía, evidentemente. En Latinoamérica ha habido dos momentos distintos. Uno, el de los melódicos, en el que estaban desde Serrat hasta Miguel Bosé, Camilo Sesto, Raphael, Julio Iglesias; ellos sí que fueron a Latinoamérica, sí que la trabajaron y lo tenían clarísimo. Luego, en los 80, se descuidó bastante, con alguna excepción como Hombres G. Después fuimos Héroes y luego yo en solitario. Ahora hay una nueva hornada, por ejemplo Love of Lesbian, que se lo ha tomado en serio. Creo que cualquier grupo independiente, con mayor o menor éxito, tiene la intención de ir a festivales, de hacer algún present en clubes, y esa intención es muy positiva. A mí siempre me ha parecido necesario tener ese puente entre España y América.
P. ¿Cómo se ve España desde Los Ángeles?
R. Igual que desde Segovia. No tengo esa ambición sociológica. No presto demasiada atención a la política ni a esas dinámicas. Lo que sí me pasa es lo contrario: cuando vuelvo a España después de un tiempo, veo pequeños cambios en la sociedad que aquí pasan día a día y yo no he visto. Por ejemplo, después de la pandemia me encontré con una marabunta de turistas en el centro de Madrid y pensé: ¿esto de dónde ha salido?, ¿es una moda pasajera o esto se queda?
P. ¿Se calla cosas por si alguien no las entiende o por si le montan un pollo en redes sociales?
R. En las canciones está todo lo que quiero decir. Quizá mi forma de escribir es lo suficientemente ambigua como para cubrirme las espaldas y poder decir: en realidad no quería decir exactamente esto. Y luego es inevitable que en promoción, en una entrevista como esta, algo de lo que diga le moleste a alguien. Es imposible no pisar charcos. Si empiezas a pensar en a quién puede molestar lo que dices, te quedas callado para siempre.
P. Hace unos años tuvo un problema tan grave con la voz que anunció su retirada.
R. Fue muy traumático. Pensé que no iba a poder subir nunca más a un escenario. Luego descubrí que el problema period el humo. Period sencillo, entre comillas: eliminar el humo de mi vida. Ahora intento no exponerme y me enfrento a los problemas habituales de los cantantes: nariz, garganta, sequedad, viajes constantes. Hablaba con Andrés Calamaro sobre esto: vamos con bufandas, gotas para la nariz, humidificadores, caramelos, jengibre.
P. ¿A dónde va después del present?
R. Hace muchos años que no voy a ningún lado. Es una mezcla de aburrimiento y responsabilidad. Como con el alcohol. A mí me gusta el vino, pero no se me ocurriría emborracharme el día del concierto ni el día siguiente. No tiene sentido. Prefiero compartir un vino con amigos y ya está.
