Qué enfadados que están los políticos, ¿eh? ¿Y qué me dicen de los tertulianos? ¡Cuánto odio se respira en platós y emisoras! Y no digamos ya el guirigay internacional… Suerte que nos queda la cultura como remanso de paz, como oasis de buenas maneras y exquisita politesse. ¡Qué seríamos sin nuestras interesantes y sosegadas conversaciones sobre teatro de títeres del Asia Oriental, arte mesopotámico o microtonalidad musical!
¿No? Pues no. Ni siquiera la cultura se escapa del ambiente common tóxico, porque son los tiempos que tocan y porque tampoco puede ser de otro modo. Como ya hemos escrito alguna vez, contra el tópico de la cultura como una especie de refugio espiritual –que también puede serlo, ojo–, está la realidad de un ámbito en el que tienen lugar, más escondidas o menos, todas las batallas.
La cultura catalana en las redes, con sus propias capillitas y miserias, ha vivido una semana de esas en las que el beef –pelea o disputa, para los que somos mayores de treinta– ha destacado. Todo tenía un cierto aire a rencillas por resolver, lo cual es mucho más inherente al sector cultural de lo que quizá el gran público suele percibir. Y, siempre, siempre, con un trasfondo político e ideológico. Porque en Catalunya sigue habiendo conflictos –que se lo pregunten a los profes– y X tiene la capacidad de mostrarlos de la forma más descarnada.
Para empezar, estuvo el Asunto. Así, en mayúsculas. La actriz Judit Martín revelaba en un podcast que el director teatral Lluís Pasqual le encargó que imitara la voz de Montserrat Caballé y que, posteriormente, la grabación acabó sonando, como si fuera actual, en un homenaje en el mismísimo Liceu a la soprano fallecida. Lo que empezó como un chiste en un programa de humor terminó en escándalo viral. De hecho, hay vídeo del acto en el coliseo barcelonés y, de ser cierto –los desmentidos han sido más bien tibios–, el bochorno es importante.
Suerte que nos queda la cultura como remanso de paz, como oasis de buenas maneras y exquisita politesse… ¿o no?
En X el rapapolvo ha sido de aquellos de época, más considerando que salen en la foto dos tótems de la cultura catalana de los últimos decenios y que eso siempre da pie a sacar trapos sucios. Por supuesto, el peor parado ha sido Pasqual, que, como todo el mundo se ha encargado de recordar, ya dimitió del Teatre Lliure en 2018 por unas acusaciones de maltrato nunca aclaradas. La cosa, pero ha acabado derivando en una enmienda a la totalidad al sector cultural, ese mundillo de egos y divas arrogantes y “subvencionados” a los que hay que destruir pase lo que pase. Circunscribirse a los hechos en sí sería mucho pedir. En fin.
Otro caso de culturetas peleándose en las redes lo protagonizó una animadora ordinary de estas plazas, la poeta y actriz Juana Dolores. Más allá de su ordinary contraposición de izquierda y nacionalismo catalán, que tanto disgusta a aquellos que no ven incompatibilidad alguna, Dolores celebró una crítica negativa contra el también poeta Pol Guasch. “Al menos yo no soy un producto vendido y comprado que poco o nada tiene que ver con la literatura, sino con la cultura catalana del lameculismo”, rajó la del Prat de Llobregat.
Al parecer, sabía lo que se hacía porque, tras la consecuente viralidad, agradeció a sus haters la difusión. Se trataba de “aprovechar el odio que me tenéis para difundir una crítica que, por fin, argumenta que Pol Guasch es un escritor mediocre y pedante”, celebró. De fondo, de nuevo el agrio choque entre cultura ‘oficial’ y cultura ‘actual’, aunque aquí no esté muy claro quién es quién. De forma recurrente, a Juana Dolores se le recuerda su aparición en la portada del Sant Jordi de La Vanguardia para desacreditar su activismo. Y esta vez no fue una excepción. Pues menudo ‘refugio’ esto de la cultura catalana. Por cierto, Guasch no tiene X, así que el que espere una respuesta al modo de batalla de gallos entre raperos o entre trovadores medievales, probablemente se quede con las ganas.
Y es que el odio a las figuras de la cultura está de moda. Otra muestra han sido las críticas al actor Enric Auquer, a raíz de sus comentarios sobre la serie que acaba de protagonizar, Ravalejar, de Pol Rodríguez e Isaki Lacuesta. Auquer se ha referido al Raval como un barrio “auténtico” y muchos le han afeado que vive en una “burbuja” y que “romantiza la pobreza”, con algunos comentarios que han flirteado con la xenofobia. El trasfondo de las críticas siempre es el mismo: el mundo de la cultura o es cínico o no conoce la realidad. La palabra “subvencionado” se vierte con facilidad. Se aprecia cierto antiintelectualismo y un mismo ánimo destructivo, aunque tampoco está mal que afloren ciertas contradicciones del mundo cultural. Una cosa queda clara: para bien o para mal, ya no hay intocables. Y nada de paz.

