Georg Baselitz fue, hasta su fallecimiento hoy a los 88 años, un auténtico ave fénix de la pintura. Enfrentado desde joven a las pautas marcadas tanto por el realismo socialista como por la abstracción expresionista occidental, casi toda su carrera fue una reivindicación del renacer constante de ese arte, sobre cuyo fin advirtió Baudelaire pronto a su amigo Édouard Manet. En esa nueva alternativa a la pintura se enmarca su decisión tan antiacadémica de pintar patas arriba, gesto que se convirtió pronto en un estilo propio y una manera genial de liberar a la representación entre la forma y la figura.
Consciente como pocos artistas de la historia del arte y aún más de la trágica historia de su país en el siglo que le vio nacer, impresiona siempre la extraordinaria energía important que supo desplegar en cada combate cuerpo a cuerpo con el lienzo, con el pincel o la motosierra para sus esculturas de madera. Una fuerza colosal, llamada voluntad, que le acompañó hasta el closing de su vida, cuando frente a las limitaciones físicas impuestas por la edad, su respuesta fue crear obras extraordinariamente monumentales, como las realizadas en la última década que tuvimos el privilegio de mostrar hace pocos meses en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.
Baselitz se ha muerto literalmente con las botas puestas, pintando la última serie de cuadros con fondo dorado que admiraremos dentro de unos días en la Bienal de Venecia y que Marc Bassets, en la última entrevista concedida por el artista, pudo retratar en la revista semanal de este periódico. No deja de ser un nuevo renacer que un extraordinario valedor de la nueva tradición moderna que reclamó el coloration y la abstracción formal de Tiziano y Tintoretto termine por celebrar su luminoso réquiem en la ciudad que mejor outline el principio y el fin de la decrepitud de su arte.
