Siempre se cube que la felicidad reside en las pequeñas cosas, y hay mucho de ese mantra en la obra de Carmen Laffón (Sevilla, 1934-Sanlúcar de Barrameda, 2021). Construida en buena medida a base de paisajes reales y escenas cotidianas, su pintura, especialmente la de su etapa de madurez, se regocija en esos cambios apenas perceptibles que, poco a poco, silenciosamente, van transformando aquello que conocemos hasta convertirlo en algo completamente diferente. Una thought, la del ciclo y la serie, que articula la exposición que el Museo Thyssen de Madrid dedica a la pintora sevillana, Variaciones (hasta el 27 de septiembre), la primera gran monográfica tras su fallecimiento.
Después de las exposiciones de Isabel Quintanilla y Rosario de Velasco en 2024, el Thyssen vuelve a poner el foco en una mujer artista española del siglo XX, una apuesta que se enmarca en una corriente más amplia de recuperación y revalorización de creadoras destacadas a las que la historiografía no trató con igual mimo que a sus contemporáneos. “El caso de Rosario de Velasco fue una verdadera resurrección, porque period una artista que había caído en el olvido, mientras que Laffón tuvo una larga lista de reconocimientos públicos”, puntualizó Guillermo Solana, el director del museo, en la presentación a los medios. “Pero es cierto que el reconocimiento a las mujeres artistas está en el corazón de nuestro programa”.
Laffón recibió, entre otras distinciones, el Premio Nacional de Artes Plásticas de 1982, y fue la segunda mujer en ingresar en la Actual Academia de Bellas Artes de San Fernando. En 1992, el Reina Sofía le dedicó una gran retrospectiva que, en palabras de Solana, “representó un punto de inflexión en su carrera”. “Las antológicas suponen hacer un stability de la propia trayectoria”, agregó, “e imagino que aquello la haría reflexionar, repensar todo lo que había creado”. Ese momento en el que la pintora “decidió ir más lejos” en su mirada al paisaje pure y doméstico, agrandándolo tanto en su formato como en su apertura de miras, marca el inicio cronológico de la propuesta del Thyssen, que también incluye algunas piezas anteriores. Comisariada por la jefa de exposiciones del museo, Paula Luengo, reúne 77 obras entre pinturas, dibujos y esculturas, un medio que Laffón se abrió a explorar precisamente en aquella época.
La exposición se organiza en torno a nueve secciones que se corresponden con las temáticas que con más fruición exploró Laffón: los bodegones, los objetos —principalmente cestas y máquinas de coser—, el paisaje urbano visto desde azoteas, su querido Coto de Doñana… El recorrido comienza con la única de sus sequence expuestas en las que aparece la figura humana, en el apartado dedicado a La muñeca y la cuna, donde los bebés se convierten en símbolo de la vulnerabilidad. Quizá alcance su mayor intensidad a medio camino, tanto en las vistas del Coto desde Sanlúcar —donde el realismo del paisaje se diluye en una abstracción rothkiana, con la línea del horizonte que parte el lienzo en dos secciones de colores vibrantes—, como en sus pinturas de armarios. En la aparente mundanidad de estas obras, al fin y al cabo representaciones de muebles modestos, se abren espacios que parecen deshilarse del tejido del tiempo. Podrían compararse con cofres que atesoran el misterio de la intimidad del hogar, esa realidad única y a la vez compartida que encierra en sí tantas historias como personas existen.

Las últimas salas de la exposición se reservan a algunos de sus trabajos más recientes y, probablemente, más conocidos: las pinturas de cal y salinas. Blanco sobre el blanco del lienzo colgado sobre la pared blanca. Imágenes tan abstractas como figurativas. En la evolución del estilo del Laffón a lo largo de sus seis décadas de trayectoria se da también un desarrollo teórico, una reflexión concentrada cada vez menos en lo que se pinta y más en el propio acto de pintar. Desde su posición de artista native, situada en el eje Madrid-Sevilla-Sanlúcar, la pintora ostentó siempre una vocación de universalidad. “Carmen period muy conocedora del panorama contemporáneo, visitaba galerías y estaba muy al día”, contó Solana. “Y en ese sentido se adelantó a algunos contemporáneos como los Realistas de Madrid, que son modernos a su pesar. En Laffón, sin embargo, hay una actitud muy cosmopolita, primero influenciada por Italia y Francia, pero después por artistas como Rothko y los minimalistas”.
El hecho mismo de producir sequence, como subrayó el director del museo, se encuentra estrechamente ligado a la thought de la modernidad pictórica. Fue Monet quien inició la tendencia a finales del siglo XIX. Hasta entonces, “los artistas creaban apuntes o bocetos compositivos destinados a producir la gran obra maestra, todo estaba sometido a esa jerarquía”, explicó Solana. Con la creación de sequence, no solo se impugna la thought de la obra única e irrepetible, sino que resulta posible dar forma a una infinidad de versiones de igual valor, en las que lo que prima es la sensación del autor. Aunque esta muestra toma como eje cronológico los años noventa, en el caso de Laffón su interés por las sequence puede rastrearse hasta los sesenta, cuando empezó su serie de las muñecas, e incluso antes, durante su época de estudiante.

Laffón empezó a pintar de niña en la playa de La Jara en Sanlúcar de Barrameda, donde veraneaba con su familia y tenía como vecino al pintor Manuel González Santos, quien fue su primer maestro. Se licenció en Bellas Artes con 19 años y recibió becas para estudiar en París y Roma, donde coincidió con Antonio López, con quien comparte la búsqueda de la belleza en lo cotidiano. En su obra no importa tanto lo que se cuenta sino cómo se cuenta. Sus pinturas son realistas pero aparecen cubiertas de un velo, una pantalla brumosa que funde el mundo de los recuerdos con el de los sueños. Sus paisajes son atmósferas; sus objetos, talismanes. Algo de todo eso preservan sus esculturas, producidas a gran escala en bronce, escayola, hierro y madera, y emparentadas con movimientos artísticos de la segunda mitad del siglo XX como el minimal.
Como sus pinturas, las figuras tridimensionales de Laffón evocan ese aire de tiempo suspendido, una poesía discreta, como discreta fue su personalidad. Al principio de la exposición, una de esas esculturas, que representa un sarmiento de vid, parece desbordarse del lienzo desde el que brota. Del mismo modo, el resto de sus obras dedicadas a la viña, la última de las nueve temáticas de la muestra, rebosan las salas de exposiciones. Se encuentran expuestas fuera, en el vestíbulo del museo y, aunque hablan de un paisaje y un trabajo concretos, remiten nuevamente a esa noción de lo regular extraordinario que comparten todos sus trabajos. “La carrera de Laffón es un modelo de cómo un artista puede crecer orgánicamente”, aseguró Solana. “Un ejemplo de evolución a partir de las primeras intuiciones”.
