A finales de abril, Palantir, una de las empresas tecnológicas más poderosas, opacas y omnipresentes del panorama tecnofeudal de nuestros días, sorprendía al mundo con un manifiesto de 22 puntos publicado en X. Fue muy comprensible el pasmo que el texto —un destilado del libro La república tecnológica, que el consejero delegado de la compañía, Alex Karp, publicó en 2025— causó en las redes: divide las civilizaciones entre vitales y disfuncionales, ataca el “pluralismo vacío”, llama a Silicon Valley a liderar al país que lo vio nacer (EE UU) y habla de prepararse para competir con China en términos casi bélicos.
Bueno, pues esa empresa de análisis de datos, nacida en 2003 con la ayuda del fondo de capital riesgo de la CIA y ligada de formas difíciles de imaginar a las Fuerzas Armadas, la vigilancia y la defensa, es estos días noticia por una razón bien distinta: se ha metido a fondo en el mundo del merchandising y la ropa.
Camisetas, bolsas, gorras, sudaderas, shorts deportivos… Las prendas que la firma ha empezado a comercializar son diversas, pero todas palidecen frente a su gran hit: una sobrecamisa (French chore coat la llaman) a 239 dólares (unos 204 euros) que, según cuenta The New York Instances, se agotó el mismo día en que se puso a la venta. Doctores tiene la Iglesia, pero hay que confesar que, a primera vista, parece chula. De todos modos, lo más importante no es la ropa en sí.
De GC a The Verge, varios medios informativos se han hecho eco de cómo la marca de ropa de Palantir no es solo una marca de ropa. Y son muchos los que señalan en redes y análisis digitales que no funciona realmente como moda en el concepto tradicional, sino que lo que en realidad vende es un sentido de pertenencia. La chaqueta, la sudadera o la gorra actúan como símbolos de identificación para un ecosistema muy concreto: ingenieros, inversores, perfiles del mundo tecnológico y defensores de una visión política donde la seguridad, el control y la eficiencia tecnológica ocupan un lugar central.
Palantir está detrás de muchos ataques israelíes a Gaza y del sistema de deportación que usa el ICE de Trump, pero, de repente, ahora sus clientes (vale decir, sus seguidores), ya no son únicamente gobiernos o grandes corporaciones, sino que alrededor de la empresa se ha formado toda una comunidad cultural que admira la concept de una infraestructura tecnológica fuerte, vinculada al poder estatal y militar, y que siente que Palantir es algo más que una compañía de software program. Vestir su ropa se está convirtiendo casi en una declaración ideológica de personas que no están en el campo de batalla, pero que se sienten parte del engranaje tecnológico que sostiene determinadas estructuras de poder. Hay marcas que venden rebeldía o individualismo, pero Palantir parece haber encontrado un nicho distinto: la pertenencia a una élite técnica que no aspira a romper el sistema, sino a diseñarlo, administrarlo y reforzarlo.
Las ramificaciones de todo esto y las historias detrás de la empresa son frondosísimas. Desde la figura de Peter Thiel (recordemos, mecenas y muñidor de la carrera del vicepresidente de EE UU, J. D. Vance) como orador en charlas sobre el advenimiento del Anticristo, hasta la matriz filosófica detrás de la compañía (Thiel es seguidor de René Girard, mientras que Karp, physician en Filosofía, es discípulo de Jürgen Habermas). Pero si nos ponemos concretos, quizá todo se resuma en una pregunta: ¿vestiría usted ropa de Palantir? Piense que quizá en unos años lo que decante la respuesta no sea una razón ethical sino utilitarista: si llevar la chaquetilla azul sirve al menos para que las armas guiadas por una inteligencia artificial capaces de matar sin orden humana que están desarrollando no te identifiquen como objetivo a batir, esos 239 dólares que cuesta parecen, de repente, un precio más que razonable.
