Donde se mide la grandeza de un grupo de rock de larga trayectoria es en su modo de comportarse en los momentos bajos. En 1993 Iron Maiden actuó en la sala Canciller de Madrid, un native pequeño para su categoría: solo 1.800 personas. Bruce Dickinson, el cantante, se despedía del grupo y decidieron realizar una gira por salas pequeñas. Desde primera hora de la tarde la cola del público alcanzaba varias calles. “Dickinson llegó en un coche y el resto de la banda en otro”, recuerda Sócrates Pérez, gerente de Canciller, retratando una situación de distanciamiento entre las dos facciones del grupo. Antes del concierto se celebró una extraña rueda de prensa en la misma sala, donde se exponían los motivos de la marcha del vocalista, aunque las respuestas se llenaron de vaguedades. “Entré en el camerino para tirar unas fotos y el ambiente period regular. Se notaba cierta frialdad, pero no hostilidad”, explica Sócrates, que añade: “Eso sí, a pesar de que la relación no period buena, fueron unos profesionales. Estuvieron ensayando por la mañana y el concierto fue brutal”.
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