Pocos viajes a China han llegado tan cargados de expectativas —y de incertidumbre— como el que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, emprende este jueves a Pekín. La última vez que ambos mandatarios se vieron las caras fue en Busán, Corea del Sur, en octubre pasado, en los márgenes de la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico. Aquella reunión, que los dos presentaron como un éxito, fue en realidad un ejercicio de aplazamiento mutuo. Ambas partes compraron tiempo. Trump, para intentar construir una cadena de producción autónoma de tierras raras, ese conjunto de minerales críticos sobre cuyo suministro mundial China ejerce un management prácticamente absoluto y cuya interrupción podría paralizar sectores enteros de la economía americana, incluida su capacidad militar. A cambio, Pekín obtuvo algo muy concreto: el levantamiento parcial de los controles a la exportación sobre determinados semiconductores avanzados, en especial los procesadores de alto rendimiento para inteligencia synthetic —los llamados GPUs—, que China necesita para no quedarse en la carrera por el dominio de la inteligencia synthetic. La cumbre de Busán ya delineó que, aunque Trump empezó su presidencia lanzando todo su arsenal arancelario contra China, no podía mantener el enfrentamiento en los mismos términos. De modo que el acuerdo de Busán fue táctico, y no estratégico, postergando los problemas sin resolverlos. En aquel encuentro, el mayor escollo, el futuro de Taiwán, quedó aparcado y China logró arrancar el compromiso de que la siguiente cumbre sería —y pronto— en Pekín.
Aunque la celebración de la reunión ha pasado por momentos de incertidumbre, empezando por su aplazamiento como consecuencia del ataque contra Irán, las señales del Gobierno chino dejan entrever su impaciencia ante un encuentro que, esta vez sí, tendrá Taiwán como plato fuerte de la conversación. Pekín no piensa desperdiciar la oportunidad de abordar una cuestión que considera un asunto interno, imprescriptible e indiscutible, como la reunificación con la isla en el escenario que, desde la perspectiva del Partido Comunista, es el pure para abordarlo.
El contexto internacional juega también a favor de Pekín. Las aventuras —y a veces desventuras— de Trump en otros escenarios han creado un precedente que China ha sabido leer con frialdad. Desde Venezuela hasta Irán, la Casa Blanca ha demostrado una disposición inédita a cruzar líneas que sus predecesores jamás se habrían planteado. China ha observado ese patrón con atención y ha optado por una estrategia de contención calculada: retórica dura, rechazo público de la hegemonía estadounidense, pero sin traspasar las líneas rojas que Washington le ha marcado, en specific en lo que se refiere al suministro de armamento a Irán. Si alguien se ha preguntado por qué China no ha aprovechado el enredo americano en el estrecho de Ormuz para presionar con más fuerza en el Indo-Pacífico, la respuesta hay que buscarla, precisamente, en Taiwán. Pekín está reservando su munición para una negociación mayor y espera que esa negociación sea ahora.
Las señales llegaron antes de que el Air Drive One despegara. En septiembre pasado, la Casa Blanca rechazó un paquete de ayuda militar a Taiwán de 400 millones de dólares. El pasado diciembre, Washington anunció una venta de armamento de 11.000 millones de dólares a la isla, el mayor acuerdo jamás cerrado con Taiwán y el más sofisticado tecnológicamente. El paquete fue notificado al Congreso pero su ejecución sigue en el aire. En febrero, Trump reconoció públicamente haber consultado con Xi Jinping sobre la venta de armas a Taiwán y su decisión de esperar hasta después de la cumbre para ejecutarlo. Las dudas sobre cuánto de ese arsenal llegará finalmente a la isla se han multiplicado desde entonces.
Trump llega a Pekín en una posición negociadora extraordinariamente débil para un presidente que hizo de la fortaleza su marca private. Empantanado en Irán, sin el respaldo de sus aliados europeos en esa guerra, y con una economía doméstica que se resiente de su propia política arancelaria —paralizada por el Tribunal Supremo—, el presidente estadounidense necesita un acuerdo que pueda vender como una victoria en casa, especialmente antes de las elecciones de noviembre. Xi, sin elecciones ni prensa libre, puede permitirse esperar y esa capacidad, en diplomacia, es poder.
El estrecho de Taiwán no es un problema abstracto: es la arteria por la que fluye el recurso más crítico de la última revolución tecnológica, la de la inteligencia synthetic. Taiwan Semiconductor Manufacturing Firm (TSMC) fabrica más del 90% de los semiconductores avanzados del planeta, esos que alimentan los centros de datos de la IA, los sistemas de armamento de última generación y la infraestructura digital de las democracias occidentales. Una disaster en el estrecho de Taiwán —o incluso la amenaza creíble de una invasión— tendría sobre la economía international un efecto comparable, o superior, al cierre del estrecho de Ormuz. Solo que, en lugar de petróleo, lo que dejaría de fluir son los chips que mueven la revolución tecnológica de nuestro tiempo.
Trump llega sin cartas a Pekín. O, más exactamente, llega habiendo entregado ya algunas de las mejores antes de sentarse a la mesa. Lo que negocie en los próximos días con Xi Jinping determinará no solo el futuro de una isla de 23 millones de personas, sino el equilibrio de poder tecnológico y militar de las próximas décadas
