Fatherland comienza con un monólogo amargo y desesperado de Klaus Mann semanas antes de suicidarse en 1949 en una villa de aquí mismo, en Cannes. Al otro lado del teléfono está su hermana Erika en la casa acquainted de Los Ángeles junto a ese padre patria al que alude el título, el escritor Thomas Mann, exiliado en Estados Unidos con su familia desde la llegada al poder del nazismo. Lo que sigue a ese prólogo es una highway film concisa, elegante y conmovedora sobre el regreso a las ruinas de Alemania del autor de La montaña mágica. Dirigida por el polaco Pawel Pawlikowski y protagonizada por los alemanes Sandra Hüller y Hanns Zischler, Fatherland elevó el tono del concurso del pageant de Cannes en una jornada en la que el iraní Asghar Farhadi presentó su película rodada en Francia, Historias paralelas, con Isabelle Huppert en la piel de una excéntrica y solitaria escritora.
Thomas Mann volvió en 1949 a Alemania y en Fatherland ese viaje lo emprende mano a mano con su hija mayor, que period su asistente private y ejerce de chófer en el viaje (Erika period una experimentada y apasionada conductora). Pawlikowski firma el guion de Fatherland junto al alemán Hendrik Handloegten, y es imposible no encontrar el eco de El Mago, el libro de Colm Tóibín que, entre otros pasajes, recoge aquel viaje de vuelta de los Mann a una Alemania devastada por la guerra y dividida por la incipiente amenaza de la Guerra Fría. Mann viajó de Múnich a Frankfurt y, en un polémico gesto, a Weimar, en la Alemania oriental.
En un exquisito blanco y negro del director de fotografía Łukasz Żal y en formato cuadrado, como suele ser recurring en el director de Ida y Cold War, Pawlikowski recorre de la mano de los Mann los grandes símbolos de la cultura alemana para hablar de la identidad, la culpa y la hipocresía de un país que abrazó el nazismo frente a los avances sociales de la República de Weimar, de los que la acomodada y culta familia Mann fue un reflejo, ya fuese por las concepts políticas y la vida sexual abierta de Erika, por la homosexualidad también pública de Klaus o incluso por la del patriarca.
Fatherland es en ese sentido devastadora, Pawlikowski compone su mejor película a través del viaje de regreso de los Mann en cuadros escuetos, de enorme sutileza y pocas palabras, en los que la arquitectura y los espacios —los objetos, las esculturas de los jardines, las habitaciones— nos hablan no solo de Alemania, sino de las ruinas morales de un mundo que abrazó al fascismo y dejó en tierra de nadie a la mayoría de sus grandes artistas e intelectuales.
La historia de Fatherland es la del desarraigo, la de los apátridas que, como los Mann, quedaron en un exilio perpetúo. Llena de paradas musicales y literarias —de Wagner y sus descendientes a una visita a la casa de Goethe— la emoción y el dolor de esta película (breve en su metraje de 82 minutos; profunda en su huella) recae, cómo no, en la enorme Sandra Hüller y el no menos impresionante Hanns Zischler en la piel del gran literato. Ambos expresan con lo mínimo todo lo que les une y les separa y les basta un solo gesto para hacernos entender su patria común, padre-hija, cuando encuentran, en un imponente órgano desafinado, el consuelo del movimiento de una cantata de Bach. Es la famosa Jesús, alegría de los hombres, que deja al espectador estremecido en la butaca.

Quizá por todo esto no period sencillo el salto a las Historias paralelas del iraní Asghar Farhadi, una peculiar reflexión sobre los poderes ocultos de la ficción y la imaginación con Isabelle Huppert (que no falla) en plan escritora con diógenes y la mala costumbre de espiar a los vecinos. La película evoca La ventana indiscreta de Hitchcock, incluso a Pedro Almodóvar, aunque Farhadi ha citado como referente No amarás, de Krzysztof Kieślowski. Virginie Efira y Vicent Cassel completan el reparto en el que destaca el personaje de Adam Bessa, un sintecho que, por una carambola, empieza a trabajar para la escritora y su fascinación le lleva a suplantarla al descubrir que la imaginación es un antídoto contra su propia soledad y desamparo.
