
El fuerte crecimiento de la población en los últimos años y el éxito de España como destino turístico han permitido a la economía española mantener un crecimiento notablemente superior al de los países de su entorno en años difíciles. Ese flujo ha sostenido el consumo, ha ampliado la fuerza laboral y ha hecho posible que el empleo alcance un récord de 22 millones de ocupados. Pero esa misma presión demográfica, que bordea los 50 millones de residentes y los 100 millones de turistas, ha tensionado el mercado de la vivienda, los servicios públicos y las infraestructuras, porque su desarrollo no ha ido acompasado a la nueva realidad española. No se han reforzado los cimientos del país y en algunos puntos amenaza colapso bajo el peso de la demografía.