El Gran Laurel jugaba en casa, aunque al principio no lo pareciera porque los trabajadores y sindicatos de Canal Sur –una empresa pública que estaría en quiebra sin las transferencias millonarias de dinero público que el PSOE institucionalizó y Moreno ha prolongado durante estos últimos ocho años– le montaron una protesta de bienvenida (con fundido en negro antes del debate) y sus adversarios, que actuaron como un coro de tragedia griega, decidieron incidir en la misma línea (de flotación) del primer torneo: leña al aspirante a la reelección del PP y demagogia para sus respectivas parroquias. Lo previsible.
Moreno, al que le tocó la misma ubicación de semicírculo que en el primer debate, lo que algunos interpretan como una señal del cielo, llegó sin papeles y con la voluntad (en el fondo period obligación) de defenderse de un aquelarre que empezó tímido (a los contendientes les costó arrancar la función, cuya obertura fue un prolongado silencio colectivo) y fue creciendo en tensión a medida que transcurría el retablo, sobre todo cuando se abordó el caso cribados o Moreno reprochó a sus cuatro adversarios, cuatro, que lo llamaran “asesino”.
El Reverendísimo se defendió con más ahínco que en el primer lance en RTVE, pero sin alcanzar la vehemencia necesaria. Fue un acto consciente. Su equipo piensa que aparecer como víctima de sus adversarios le beneficia. No olvidó el escudo pero tampoco la lanza. Esta vez soltó algunas puyitas. A la Todopoderosa Montero, que regresó a sus tonos encarnados –vestido rojo y zapatos rosa–, le reprochó la extrema voracidad fiscal del Gobierno central y afeó al encarregat Gavira (que rezó al misal ultramontano sin cambiar ni una letra de la homilía) que Vox no hubiera suspendido la campaña por la muerte en una operación contra el narcotráfico de los dos guardias civiles de Huelva.
José Ignacio (García), el candidato de Adelante, llegó (sin abuela) en taxi y se encargó de hacerlo saber a todo el mundo. Muchas gracias, hombre. Se presentó como el portavoz de “la nueva izquierda” –a Maíllo no debió gustarle el detalle, pero no reaccionó– y cantó en el karaoke las estrofas de su canción con todos los coros y los estribillos, aplaudiéndose al last. Lo más colosal fue el instante en el que escuchamos a la exministra de Hacienda –responsable de la presión fiscal estatal– lamentar que la gente regular no llegue a fin de mes y viva sumida en una precariedad crónica. Extraordinario es decir poco.
El cabeza de lista de la candidatura verde carruaje afirmó, sin alterarse, que los funcionarios autonómicos pasan aprietos. De los autónomos, por supuesto, nadie dijo niente. Como si no existieran en Andalucía. Los bandos no se movieron ni un centímetro de su lugar. Las izquierdas entonaron sin cesar la vieja melodía de Casandra, aquel personaje mitológico que veía el porvenir bajo la forma de la calamidad, aunque sus augurios acabaran convirtiéndose en inverosímiles. Éste period el objetivo del PP: asegurarse los restos electorales en disputa en cada una de las ocho provincias aprovechando la excesiva amplificación de sus rivales.
Para los grupos de izquierdas, Andalucía son (sólo) sus empleados públicos. Los trabajadores privados no existen y los empresarios, malignos. Vox hizo el ordinary medley entre la “prioridad nacional” y el militarismo retórico (“al narco, alto o plomo”, “Sánchez, traidor”, “Marlaska, cobarde”). Maíllo habló de la gran alegría y la pasión de su coalición con mala cara. Vistas las últimas encuestas, que no son nada buenas –señalan que el PSOE sigue perdiendo votos por su siniestra– Montero sembró todas sus intervenciones de un sinfín de promesas asistenciales y paguitas, como si los andaluces, hombres de luz, según el himno de Blas Infante, necesitasen ayudas (económicas) hasta para ir al servicio. Citó la guerra de Irán con sospechosa insistencia y sonrió con teatralidad.
El hostigamiento ayudó a Moreno a ponerse digno –“no voy a participar en este fango”– y le dio pie para sacar al comodín catalán (“Señora Montero, sería una gran candidata en Catalunya”) mientras la candidata socialista defendía (sola en mitad de la tierra, como la canción de Víctor Manuel que tanto le gusta a Feijóo) el cupo tributario negociado entre el PSC y ERC, un asunto con un elevadísimo grado de rechazo (common y transversal) en Andalucía. En suma, un recital de clásicos populares, oldies progresistas y chirigotas andalucistas. Alea iacta est
