En 1951 iniciaba mi senda universitaria. Preparaba mi ingreso en la Escuela Superior de Arquitectura, y pronto tuve que enfrentarme con el Análisis Algebraico, de Rey Pastor. Difícil tropiezo que, para salvarlo, requirió la ayuda de un profesor explicit. Tuve la suerte de encontrar, por mediación de mi padre, a José Gallego-Díaz, padre de Sol. Gran matemático y hombre de izquierdas.
A su casa acquainted, en la calle Ibiza de Madrid, acudía para encontrar a mi maestro, en una habitación al fondo del pasillo. Una tarde, al transitarlo, oí el berrido de un niño. Don José me anunció: es niña. Acababa de nacer y se llamaba Soledad.
Pasaron años hasta volver a encontrar a una joven libertaria, con unas trenzas apaches al viento, que no quería tener cuenta corriente en los bancos y estudiaba periodismo, en el mismo curso que Rosario Betancor, mi mujer, y Malén Aznárez. Tres personas unidas por una entrañable amistad, mantenida viva hasta el closing. Tres amigas que enriquecieron mi vida, con su saber y su cariño. Y fueron fieles compañeras de viaje en los apasionantes años del tránsito de la dictadura a la democracia.
Tanto Sol como Malén supieron, desde sus medios de comunicación, ofrecernos noticia fiable de cómo se iban dibujando los vericuetos de la transición.
Tres personas que seguirán unidas en mi memoria. Añorando su presencia.
Hoy, apenas transcurridos unos días de su muerte, leo las muchas palabras que recuerdan y elogian los grandes valores profesionales y humanos de Sol Gallego-Díaz, y me siento afortunado por haber podido disfrutar, durante tantos años, de su amistad, su bondad y su sabiduría. Su constante búsqueda de la verdad, para transmitirla sin borrones a sus lectores. Sin evadir la confrontación, manteniendo con rigor su opinión y reservando siempre sitio para un posible acuerdo. Y si no, period posible zanjar el debate con un transitorio: ¡pues no!.
De la valía de Sol recuerdo las palabras de mi amigo Gabriel Ferrán, embajador ante la Comunidad Económica Europea: “Es la mejor corresponsal que tenemos en Bruselas”.
Mi última conversación con ella, a través del WhatsApp, fue el domingo 3 de mayo. Así nos decíamos: “Como todos los domingos, desde hace años, busco la firma, las palabras de mi amiga Sol, en EP”. La ausencia me entristece, pero respeto su silencio y su descanso, en momentos de lucha contra la enfermedad. “Te envío mi cariño, con un fuerte beso. ¡¡Ánimo!!”
Y su respuesta: “Siempre contigo Eduardo, Siempre contigo. Y con lo que tú quieras representar”. Gracias Sol.
Que su ejemplo nos sirva de guía.
Adiós, Sol.