La historia es infinitamente variada e imprevisible. Como no está regida por normas de verosimilitud y coherencia, es más sorprendente que cualquier ejercicio de ficción. No recuerdo ahora quién la definió como “la ciencia de las cosas que suceden una sola vez”. La historia no es una ciencia, ni falta que le hace, aunque se ayude cada vez más de procedimientos científicos. Es un saber exigente y tan riguroso como sea posible, pero, al carecer de la posibilidad de la experimentación, le está vedada la facultad, exclusiva de la ciencia, de formular predicciones comprobables. Por eso, las bibliotecas universitarias están llenas de volúmenes obsoletos escritos por historiadores de inclinación idealista o marxista que aspiraban a dilucidar, en el panorama de los hechos del pasado, las leyes históricas del devenir humano, a veces con una tintura de determinismo darwinista que situaba casualmente la cima de la evolución en los varones blancos de clase alta que regían el capitalismo imperial en el tránsito hacia el siglo XX. Decía Simone Weil que muchas personas abandonan la fe religiosa en nombre de la ciencia y a continuación ponen en ella la misma fe que ponían antes en la religión. En la Facultad de Geografía e Historia en la que yo estudiaba, cualquier elemento de religiosidad o providencialismo estaba excluido, pero los procesos históricos se definían como encarnaciones de las leyes históricas que conducirían indefectiblemente al paraíso remaining del comunismo, apocalipsis y aurora al mismo tiempo.
