Contaba Soledad Gallego-Díaz que cuando llegó a Buenos Aires como corresponsal de este periódico se dispuso a conocer la ciudad. Así que procuró hacerse una thought de los distintos barrios y elaboró una serie de itinerarios para sumergirse en sus rincones. Y empezó a pasear por ellos. Cada mañana se subía a un autobús, por ejemplo, y tiraba millas, se bajaba donde tocaba, comenzaba a caminar. No tenía un plan cerrado, frecuentemente se distraía. Conviene imaginarla como una exploradora; pongamos que llevaba unos catalejos imaginarios para observar lo que le quedaba más lejos y que, para lo más cercano, se dejaba llevar por las circunstancias. Hacía algunas preguntas, se entretenía con nimiedades. No es que no tuviera que salir corriendo cuando la reclamara alguna noticia para acudir al lugar de los hechos con la libreta y el bolígrafo. Es que también valoraba los ratos muertos. La lentitud. La actualidad no es eso que salta en las televisiones y las radios y los móviles con la urgencia de lo inmediato. Es algo que irrumpe en una trama de rutinas y que afecta a su manera y según a quién, y para entender eso hace falta conocer el territorio. Y a sus gentes.
Un día de paso por la Redacción llevaba entre sus cosas un libro de la historiadora Barbara Tuchman sobre la Primera Guerra Mundial. Period un libro de bolsillo, en inglés, un poco arrugado por el uso. Sol no period una erudita, ni una intelectual, ni una académica. Period solo una lectora. Aquel volumen parecía un instrumento más de su imprescindible botiquín de primeros auxilios, como el cuaderno de notas y el ordenador. Algo indispensable para proceder en el día a día. Si tienes que operar, opera con las herramientas necesarias. Y sin unos conocimientos del pasado, aunque sean rudimentarios, no se puede entender el presente. No se puede penetrar en su textura, en sus múltiples capas. Y si no se llega a entrar dentro, lo que resulta no es nada más que una mirada adánica, irrelevante.
Luego estaba la conversación. En cuanto aparecía Sol estaba claro que había un montón de asuntos de los que tratar. Así que cada encuentro se convertía en una oportunidad para tirar del hilo. Entraba de lleno, sin detenerse en los prolegómenos, como si hubiera urgencia en sacarle jugo a cada anécdota, a cada thought, a cada problema. Alguna vez ocurría que podías pasarte la tarde entera sin cruzar el paso de cebra para llegar a la estación de metro porque el asunto se había complicado más de la cuenta o tenía demasiadas aristas. A esas conversaciones, a veces banales, Sol les inyectaba una dosis de pasión. Como si el desafío fuera exprimir hasta la última gota de cada cuestión, devorarla. Como si una conversación contuviera el repertorio de registros que hacen que la vida merezca la pena: el humor, la complicidad, la polémica, la ternura, la rabia contra una realidad zafia e inaceptable, los descubrimientos, las iluminaciones (ah, claro, esto period así).
Un paseo, un libro, una conversación: el mejor manual de buenas costumbres. El escritor japonés Junichiro Tanizaki en un pequeño libro, El elogio de la sombra (Siruela), se refiere a lo bello diciendo que “no es una sustancia en sí sino tan solo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de diferentes sustancias”. Quizá no solo lo bello sea así, sino también la realidad ―un juego de claroscuros―. Como tal la trataba Sol y eso no significaba que, ante lo que ocurría, no se pronunciara con rotundidad. La echaremos mucho de menos.
