
Hay nombres tan bien puestos que evocan exactamente a quien nombran tanto en su versión completa como en su hipocorístico. Nunca sabremos por qué sus padres, Purificación y José, decidieron llamarla como la llamaron, pero dieron en el clavo. Soledad Gallego-Díaz Fajardo firmó sus noticias, crónicas, reportajes, entrevistas y tribunas de periodista de pies a cabeza como Soledad, pese a que todo el mundo en el oficio la conocía como Sol, a secas. Daba igual. Ambas formas la retrataban a fondo. Soledad: de sola, de adusta, de única. Sol: de iluminadora más que luminosa, de necesaria, de incandescente. No. No fue nunca Sol la alegría de Miguel Yuste, 40. Fue mucho más que eso. Fue, es, el tuétano, la médula, el ADN que corre por la columna vertebral del periódico y de sus periodistas sin ser siquiera conscientes de ello. Otros han glosado sus gestas profesionales. A mí me gusta imaginármela de joven, una mujer libre poseída por la pasión y la curiosidad por el prójimo que no la abandonaron nunca, que vivió y trabajó como quiso en tiempos oscuros y reservó su corazón para las suyas y los suyos.