La visita de más de 10 días de Isabel Díaz Ayuso a México no puede entenderse como un gesto inocuo. Supone, más bien, la irrupción de una lógica política doméstica en un momento particularmente delicado de las relaciones entre España y México. Tras años de desencuentros, ambos gobiernos habían comenzado a reconstruir puentes sobre una base más madura: el reconocimiento de los agravios históricos, la voluntad de cooperación y la apuesta por una narrativa compartida. Ese proceso, todavía incipiente, requiere prudencia, inteligencia política y respeto a los símbolos. Requiere entender que la historia común no es un campo de batalla ideológico, sino un terreno complejo donde conviven memoria, dolor y vínculos culturales profundos. Frente a ello, Ayuso ha optado por la estridencia.
Su homenaje en la capital mexicana a Hernán Cortés, acompañado de una reivindicación acrítica de la Conquista como proceso civilizatorio, no solo ha provocado rechazo social y político en México, sino que ha reactivado las peores inercias de un debate que ambos gobiernos trataban de encauzar. No es informal que el acto generara protestas de comunidades indígenas: el gesto no fue leído como un ejercicio historiográfico, sino como una provocación política.
La visión revisionista de la Conquista no es nueva en ciertos sectores de la derecha y la ultraderecha española. Lo importante es el contexto en el que se produce esta provocación. Hace apenas unas semanas, el rey Felipe VI había dado un paso significativo al reconocer los abusos de la colonización, en un gesto de acercamiento. Ese reconocimiento se alineaba con la estrategia diplomática de los gobiernos de Pedro Sánchez y Claudia Sheinbaum, orientada a superar el conflicto simbólico abierto tras la carta enviada al Rey por el expresidente Andrés Manuel López Obrador en 2019 en la que le exigía que pidiese disculpas por los agravios, y construir una relación más equilibrada.
Ayuso no solo se ha desmarcado de esa línea, sino que la ha desafiado. Ya lo había hecho antes en España y ahora lo hace en territorio mexicano, elevando el tono y trasladando el conflicto a un escenario donde las palabras tienen un peso histórico y político mucho mayor. No hay en este movimiento más que cálculo político.
La exaltación de Hernán Cortés, la reivindicación del mestizaje como argumento simplificador y la descalificación implícita de quienes reclaman memoria frente al mito encaja en una narrativa diseñada para consumo doméstico. Ese es el verdadero problema. Se trata de una utilización política del pasado con fines contemporáneos. En lugar de acompañar un proceso diplomático delicado que afecta a la relación entre jefes de Estado, la dirigente regional lo dinamita con gestos calculados para generar ruido.
Las relaciones entre España y México han demostrado a lo largo de su historia una capacidad notable de recomposición. Pero eso requiere voluntad política, coherencia institucional y respeto mutuo. Cuando Ayuso resolve ignorar ese marco y apostar por la confrontación simbólica, no solo tensiona la relación bilateral, sino que la banaliza. Su actitud en México no solo es irresponsable, también es dañina. La presidenta de la Comunidad de Madrid ha optado por una confrontación que dinamita esfuerzos diplomáticos para alimentar su propio perfil político y su voracidad de atención mediática. Convertir la historia compartida en munición electoral, hacerlo además desde el extranjero y en contra de la línea institucional de su propio país, no es solo una frivolidad política, es una forma de deslealtad que erosiona la credibilidad exterior de España.
