
A mediados de enero de 1976 llegaron a estar en huelga en Madrid más de 300.000 trabajadores. El 1 de febrero salieron en Barcelona a la calle unas 100.000 personas para reclamar libertad, amnistía y Estatuto de Autonomía; una semana después, el día 8, se realizó otra manifestación, y ahí llovieron palos y hubo centenares de heridos, decenas de detenidos, coches destrozados. El 24 de ese mismo mes, murió un trabajador alcanzado por un tiro de la Policía en otra movilización, en Elda. El 3 de marzo se convocó una asamblea en la parroquia de San Francisco de Asís en Vitoria donde llegaron a juntarse unas 4.000 personas. Las fuerzas del orden público lanzaron gases lacrimógenos para que salieran del recinto y, cuando lo hicieron, los dispersaron con disparos de armas de fuego y de pelotas de goma. Aquello acabó en tres muertos y dos heridos graves, que fallecerían poco después, amén de 47 hospitalizados. Partidos, sindicatos, asociaciones de vecinos, estudiantes y, en fin, gente del más variado pelaje reclamaba cambios en la España de esos días, poco después de que Franco muriera el 20 de noviembre del año anterior. No estaba nada claro cómo se desarrollarían las cosas y, del mismo modo que existían ganas de que llegara la democracia y entusiasmo por impulsar los cambios más urgentes, también había miedo. En ese contexto, el 4 de mayo llegaba a los quioscos un nuevo periódico, EL PAÍS.