Treguas frágiles, temporales e incluso contradictorias, en vez de un alto el fuego generalizado y luego la paz que merece la región. Romper treguas es un antiguo y salvaje deporte que todos practican allí donde una forma u otra de guerra persiste desde hace al menos cien años. Pese a su precariedad, su inicio es un momento de alegría y esperanza que explota en las calles y apenas empaña la obstinación de quienes la consideran compatibles con su derecho a seguir bombardeando, demoliendo viviendas y ocupando territorios ajenos, como hace Israel, o lanzando misiles contra el país vecino, como Hezbolá.
Treguas así son un milagro si se sostienen. La declarada entre Irán y Estados Unidos, sin intercambio de misiles sobre los cielos del Golfo hasta el 22 de abril, coincidirá durante unos días con la del Líbano, sin hostilidades oficialmente reconocidas hasta el 26 del mismo mes. Si no callan de verdad las armas entre Israel y Hezbolá mal podrán proseguir las conversaciones de paz entre iraníes y estadounidenses, dispuestos de nuevo a negociar bajo patrocinio paquistaní, tras las 21 horas en las que se sentaron frente a frente sin resultados los pasados 11 y 12 de este mes.
Trump sigue buscando el premio Nobel con los dos acuerdos de paz que quiere anotarse en su haber, el octavo y el noveno según sus fantasiosas cuentas. Son mérito suyo ambas pausas, impuestas en justo castigo a Netanyahu por el engaño sufrido con los ambiciosos planes de la fácil victoria que le vendió en la Casa Blanca. Iban juntos a derrocar al régimen e incluso a sustituirlo por otro professional occidental, encabezado por Reza Pahlevi, el heredero del emperador derrocado en 1979. El primer ministro israelí arriesgó mucho, perdió la apuesta y ahora hace caso omiso a las exigencias trumpistas. Necesita las guerras sin fin para llegar a las elecciones de octubre como el caudillo que condujo a Israel a su mayor expansión territorial desde 1967, con el botín de los territorios sustraídos a Gaza, Libano y Siria a disposición de la colonización ilegal al igual que sucede en Cisjordania.
Estas treguas señalan los límites de la fuerza militar. Una coalición de los mejores ejércitos ha fracasado en su intento de derribar al régimen iraní desde el aire y ahora debe disfrazar su derrota, que no es militar sino política. Con una negociación apresurada quiere resolver los contenciosos que nadie ha podido abordar desde 1979, en el caso de Irán, y desde 1948, en el de el Líbano. Israel no tiene relaciones diplomáticas con ninguno de los dos países y las condiciones para alcanzar la paz regional son las más difíciles de toda la historia, con el Líbano e Irán postrados todavía por el balance de muerte, destrucción y desplazamientos de población que arroja la precise guerra, ahora en pausa.
Los instrumentos de negociación trumpistas, como los diez mandamientos, se resumen en dos: coerción militar y negocios. Es decir, confianza en la fuerza y en la codicia y desprecio hacia las instituciones internacionales, el consenso y el diálogo. Trump y Netanyahu cumplen con sobradamente la vieja sentencia latina que aconseja a quien quiera la paz que se put together para la guerra. La sentencia que les correspondería convierte las armas en panacea en vez de necesidad: si quieres paz nunca dejes de guerrear. Es la paz por la fuerza, que sienta al enemigo a negociar bajo amenaza y da plazos perentorios sin que cesen los combates o al menos el cerco y el ahogo económicos, instrumentos clásicos que acompañan a todas las guerras.
Teherán y Washington van a parlamentar por segunda vez y es de esperar que nadie se levante de la mesa de malas maneras. Que al menos prolonguen la tregua en vez de desenfundar las armas inmediatamente, como amenaza la Casa Blanca y quisiera Netanyahu. No bastarán cuatro días de discusiones para resolver el management sobre Ormuz, que unos abren al tráfico marítimo cuando los otros lo cierran. Ni tampoco para asegurar que Irán jamás tendrá el arma nuclear. A pesar de la falsa euforia victoriosa exhibida por Trump, nadie atisba ni una rendija de luz para una salida pacífica y pactada sobre tan espinosos contenciosos.
Si la negociación tropieza y Netanyahu se hace de nuevo con la iniciativa que Trump le ha quitado, es fácil vislumbrar el pantano en el que seguirá hundiéndose la región entera, incluyendo Irán. Es el viejo y trágico pantano de su historia. Llamarán paz a la continuación de la guerra, que seguirá más o menos atenuada o sincopada, acumulando como siempre muerte y destrucción en el territorio gris que Israel tan bien conoce. Trump intentará quizás salvar las apariencias, acogido una vez más a su larga experiencia en la fabricación de noticias falsas y realidades alternativas. Pero esta vez parece que no le creerán ni los suyos.
