Elisa, sigue quejándote. Tienes todo el derecho del mundo. Lo que cuentas en tu Carta al Director del pasado 12 de abril, Sí, nos quejamos y lo seguiremos haciendo, lo escuchaba yo también hace 25 años, cuando terminé la carrera de Arquitectura y vi las condiciones laborales que se me ofrecían. De falso autónomo por unos 1.000 euros al mes. Y me quejaba. Me decían que qué quería, que estaba empezando, que no tenía experiencia. Que ya mejoraría con el tiempo. Pero no ocurrió. Y yo no lo veía, y me quejaba. Y salí en un reportaje de EL PAÍS sobre el mileurismo. Y no sirvió de nada. Y pasaron los años, y seguí sufriendo malas condiciones laborales. También largos periodos de desempleo. Por lo visto, una carrera, dos másteres y tres idiomas no eran suficientes. O eran demasiado. Y hace seis años, por fin, ya con 44, conseguí un buen contrato en una empresa pública. Y veo que el sueldo me llega escasito y que no puedo ahorrar. Y me siguen diciendo que no me queje. Que qué más quiero. Pero lo hago. E intento que mejoren las cosas. Por favor, Elisa, no dejes tampoco de hacerlo. Y sigue peleando. No queda otra. Ánimo.
Daniel Castillejo Pons. Tomares (Sevilla)
Insultos racistas
Estupor y vergüenza fue lo que sentimos muchos venezolanos al escuchar los insultos racistas que se profirieron contra Delcy Rodríguez, “fuera la mona”, desde las tribunas donde se le brindaba un apoteósico recibimiento a la opositora venezolana María Corina Machado en la Puerta del Sol en Madrid. Más sorprendidos aún quedamos al percatarnos de que el cantante venezolano Carlos Baute dirigía y alentaba los insultos desde una tribuna. Recordemos que dichos insultos en un estadio de fútbol serían condenables y que también deben serlo en cualquier espectáculo público. Los venezolanos añoramos una democracia donde se respete al contrincante y tengan cabida opiniones y pareceres diferentes. Como ciudadano y demócrata, siento vergüenza de semejantes insultos, aunque sean dirigidos a los responsables de la disaster venezolana. Esa masa de exaltados fanáticos no me representa.
Alejandro Rodríguez Andara. Vitoria
Conciencia frente al mercado de la vivienda
No busco el aplauso, que conste. Ni mucho menos. Escribo esto porque creo que alquilar viviendas a precios que muchas personas no pueden permitirse es, en el fondo, una forma de mezquindad. Tengo un piso en Madrid, en un barrio del norte de la ciudad, de 53 metros cuadrados en perfectas condiciones. Lo alquilo por algo más de 600 euros, bastante por debajo del mercado. Podría pedir más, claro. El mercado lo permite. Pero no quiero formar parte del disparate en que se ha convertido el alquiler, que obliga a mucha gente a destinar un porcentaje excesivo de sus ingresos solo a tener un techo. Se lo alquilo a una pareja que trabaja —él neurólogo, ella enfermera— y que probablemente podría pagar más. Pero no deberían tener que hacerlo. Ese es el problema. La Administración debería intervenir cuando se trata de grandes empresas, pero también quienes poseemos una vivienda que no usamos tenemos cierta responsabilidad. No se trata de perder dinero, sino de no exprimir al máximo una situación injusta. Al remaining, es una cuestión de decencia: no sacar unos euros más a costa de que otros no puedan vivir.
María Gabriela Gutiérrez Morillo. Córdoba
