Olvida todo lo que sabías sobre la evolución humana reciente. Por reciente quiero decir la ocurrida durante los últimos 10.000 años, milenio arriba o abajo. Eso es el Neolítico, la era marcada por la invención de la agricultura y la consecuente aparición de la civilización. Eso es solo el doble de lo que solemos llamar Historia. Y nuestra especie, el Homo sapiens, tiene solo 10 o 20 veces esa cifra. Este es el marco temporal en el que se desarrolla nuestro drama evolutivo.
La mera thought de que la evolución biológica haya tenido un papel en tiempos tan recientes period un sacrilegio hasta hace muy poco, y quizá lo siga siendo en ciertos departamentos universitarios. Theodosius Dobzhansky y los demás padres fundadores del darwinismo moderno (la teoría sintética, en la jerga) pensaban que el motor de la evolución, la selección pure, se había detenido con la aparición del Homo sapiens, una especie que cuida a sus enfermos y, por tanto, impide la preponderancia de los mejor adaptados mediante la eliminación de los más débiles, que es en lo que consiste la selección pure.
Pero los datos no se avienen. Los genetistas Ali Akbari y David Reich, de la Universidad de Harvard, han desarrollado una lupa matemática para comparar en alta resolución los genomas de 15.836 individuos que vivieron en Eurasia occidental en los últimos 18.000 años. Esto es el estado del arte en la disciplina del ADN antiguo. Akbari y Reich han descubierto así nada menos que 479 variantes genéticas que han emergido por selección pure “direccional” en los últimos 10 milenios. Eso quiere decir se han propagado por la población porque ofrecen alguna ventaja a sus portadores. Fíjate en que la media es de cinco variantes genéticas por siglo. El Neolítico ha sido movidito, al menos desde una perspectiva darwiniana.
Por ejemplo, una variante genética que se encuentra en un 20% de los habitantes actuales de la zona apenas existía hasta hace 4.000 años. Curiosamente, es uno de los factores de riesgo de la enfermedad celiaca, lo que hace aún más chocante su rápida propagación. La paradoja se disuelve si percibimos que la misma variante facilita que el sistema inmune detecte a los agentes patógenos. El incremento de la densidad de población seguramente ha convertido esta facilidad en una ventaja adaptativa. Pero la celiaquía no parece ser una consecuencia de la invención de la agricultura, como se ha creído hasta ahora, puesto que eso ocurrió 6.000 u 8.000 años antes que la propagación del gen.
Este tipo de equilibrios entre condiciones ventajosas e indeseables de la misma variante se ha propuesto también para los genes que aumentan el riesgo de fibrosis quística, una enfermedad muy debilitante, puesto que esos mismos genes confieren resistencia al cólera. Pero aquí los números no cuadran, porque esos genes no llevan las marcas de la selección darwiniana durante los periodos en que el cólera fue endémico en la región.
La mayor parte de los sistemas biológicos no dependen de un solo gen, sino de las variaciones coordinadas en varias docenas de ellos. El nuevo análisis tiene el poder suficiente para detectar cambios coordinados en cada uno de esos conjuntos genéticos que afectan a características complejas. Por ejemplo, los genes que facilitan la acumulación de grasa corporal han tendido a disminuir, como también los que favorecen la esquizofrenia. Lo contrario ha ocurrido con los sistemas genéticos que aumentan el rendimiento cognitivo. Este último dato está llamado a levantar ampollas.
Contra la doctrina ortodoxa, parece claro que la evolución humana no solo no se ha parado, sino que se ha acelerado en los últimos 10 milenios en respuesta a la invención de la agricultura y la consiguiente aparición de nuevos alimentos, agentes patógenos y condiciones de vida como la pertenencia a grandes grupos humanos. Te gusten o no, son datos duros.
