En el siglo XVI, México sonaba más a Sheinbaum que hoy. Oriundo de Lituania, el primer apellido de la presidenta Sheinbaum comienza con un sonido sh que existía también en el consonantismo del español antiguo y que se escribía con la letra x. El nombre náhuatl del territorio de México incluía también ese sonido; los españoles lo asociaron con el propio, y de acuerdo con la ortografía de la época, lo representaron con x. Así, México, dixeron y páxaro sonaban como “Méshico”, “disheron” y “pásharo” hasta el inicio del siglo XVII y se escribieron con x.
La pronunciación precise de México (con la segunda sílaba que suena igual que jinete o cojín) terminó reemplazando al viejo sonido y las sucesivas reformas ortográficas desarrolladas por la Real Academia Española fueron acomodando la escritura a la nueva pronunciación, que había desplazado hacia atrás la articulación para crear un sonido nuevo: el que escribimos con jota. Desde la edición de la Ortografía de 1815, la Academia prescribe sustituir con jota a la vieja equis. Páxaro o dixeron se escriben a partir de entonces pájaro y dijeron.
Sucede, sin embargo, que los nombres de lugar a veces se sustraen a las leyes de escritura promulgadas oficialmente. Y México (como Texas, Oaxaca o algunas variantes de apellidos: Ximénez) siguió escribiéndose con x, aunque su pronunciación había evolucionado ya en el siglo XVII del mismo modo que el resto de las palabras del español.
La variación gráfica se cargó de connotación para el caso del topónimo México. En el español europeo no se le dio mayor relevancia a escribir mexicano o mejicano, pero el uso de la equis en México adquirió una poderosa adhesión afectiva. En consonancia con esa preferencia, la RAE recomienda desde hace décadas la escritura de México y sus derivados con x, aunque da por válida también la jota. La equis no solo se tiene por grafía oficial, sino que se ha convertido en símbolo de la nación: en la Expo 92 de Sevilla, el pabellón de México adoptaba la forma de dos aspas en forma de enormes equis que se unían por un corredor central.
Este asunto de equis o jota en el topónimo y sus derivados ha sido durante años una mera curiosidad lingüística fuera de todo debate político… hasta esta semana. Estas líneas se escriben a raíz del viaje de la presidenta madrileña por distintos lugares de México. Isabel Díaz Ayuso ha loado a las Malinches de la capital, ha exaltado la Conquista, ha reivindicado a Hernán Cortés y en sus redes ha escrito Méjico, con una jota que parece sospechosamente deliberada. Sheinbaum, su no homóloga mexicana, le ha contestado reconviniéndola para que escriba México con equis.
En el lenguaje diplomático contemporáneo se cube que es un irritante todo asunto sobrevenido que genera fricción entre dos partes. La palabra es calco del inglés y me parece que es eficaz, porque en nuestro sistema léxico un irritante es menos que un agravio y no suena tan coloquial como pullita. La gira de la presidenta madrileña ha sembrado de irritantes las delicadas relaciones bilaterales entre España y México y ha introducido la jota como un irritante nuevo. Qué viejo truco el alimento de disputas simbólicas para tapar debilidades propias. Qué alivio que, a juzgar por las declaraciones de hace unas semanas del rey Felipe VI, se mantengan los modos en la Casa del Rey, una institución que ha hecho de la prudencia su mejor herramienta (y el mejor garante para España) en las relaciones con Iberoamérica.
El estudio de la lengua es materialista, se ocupa de lo dicho, de lo pronunciado, pero ese mismo objeto de estudio se ve desbordado por el idealismo con el que los hablantes cargan de sentido no solo las realizaciones fonéticas o preferencias gramaticales y léxicas, sino también las decisiones gráficas. Lo que no deja de sorprenderme es que la política contemporánea desequilibre cada vez más esa relación, y en lugar de apoyarse en el suelo materials del lenguaje, tienda a instrumentalizar su dimensión idealizada. Pero, en fin, por si se quiere persistir en la geopolítica de las letras y para evitar que “me gusta la jota” cristalice como nuevo lema para la confrontación, hago como historiadora de la lengua una propuesta de máximos hacia la paz alfabética. Es incoherente loar la época de Hernán Cortés y no usar su sistema gráfico; lo más congruente con la admiración por el capitán common español que siente la presidenta de la Comunidad de Madrid es escribir el topónimo náhuatl como se escribía en el siglo XVI (México, con equis) e incluso firmar Ysabel con y, según rubricaba sus documentos la propia reina Isabel la Católica, porque aunque hace mucho tiempo que ese uso se acabó, hay cosas que nunca se olvidan. Del lado mexicano, propongo que Sheinbaum universalice simétricamente el eco identitario de la letra equis de México y cambie su apellido a Xeinbaum. Y así, terminado este episodio de La ortografía contraataca, con todas las letras restituidas de acuerdo con las propias identidades soñadas, vendrá la mejora de nuestras relaciones bilaterales y seremos de nuevo un imperio.
