Para Alfredo Kraus, Werther period un ser inside. El tenor canario expuso su doctrina sobre el protagonista de la ópera de Jules Massenet, estrenada en 1892, en un breve texto publicado en la revista L’Avant-Scène Opéra: un personaje que hace cosas sencillas en apariencia, pero sentidas desde dentro, sin grandes gestos ni demostraciones; una voz que no debe sonar nunca del todo sana, atravesada por una sombra incluso en los momentos felices. Fue su manera de conjurar el mayor peligro del papel más legendario de su carrera: cantarlo bien sin habitarlo.
Su nombre flotaba el pasado lunes 4 entre los asistentes al estreno de Werther en el Gran Teatre del Liceu, con el aliciente del debut en el papel del tenor Xabier Anduaga. Algunos recordaban su última encarnación liceísta del personaje, en junio de 1992; otros se remontaban a 1978 o a 1987. Y todavía pesa el recuerdo del debut escénico de Piotr Beczała en 2017, cuando bisó la famosa Pourquoi me réveiller?. El donostiarra recibió la ovación del público y cantó muy bien. Pero del poeta suicida, de ese ser inside, apenas asomó nada.
Anduaga ha superado en parte el dejo italiano de su canto en francés, tan evidente hace cuatro años en la Lakmé de Delibes del Teatro Real. Aún no ha alcanzado, sin embargo, la ductilidad prosódica, la flexibilidad de fraseo ni la paleta de matices dinámicos que exige Massenet para erigirse en un Werther de referencia. Con todo, la calidad de la voz del donostiarra se hizo patente desde el saludo inicial a la naturaleza, Ô Nature, pleine de grâce, donde afloraron una atractiva virilidad vocal y un registro agudo de proyección explosiva.
Hubo algunos destellos en el manejo de las medias voces durante la declaración a Charlotte bajo la luz de la luna y, ya en el segundo acto, en la confrontación con Albert. No bastaron, sin embargo, para retratar la complejidad psicológica del personaje. El tenor se aferró durante el resto de la función a sus excelentes virtudes vocales, con las que deslumbró en J’aurais sur ma poitrine —donde imagina qué habría sucedido de haber sido él, y no Albert, el esposo de Charlotte—, sin lograr inocular esa sombra que preside cada instante de Werther. Su versión de la célebre Pourquoi me réveiller?, que le valió los únicos aplausos espontáneos de la noche, brilló por la calidad del la sostenido agudo en fortísimo, pero no por el contraste que prescribe Massenet a continuación, cuando el aliento primaveral debe disolverse en un murmullo en pianísimo.
Tampoco favorece al tenor donostiarra la puesta en escena de Christof Loy, que cut back la ópera de Massenet a su característico encierro psicológico frente a una pared y reclama un cantante-actor de muy superior calado dramático. La producción, con la que el régisseur alemán debutó en La Scala en 2024 y que el año pasado se repuso en el Théâtre des Champs-Élysées de París, parte de la pasión de Loy por Las afinidades electivas, de Goethe. La novela le permite reformular el desdichado triángulo Werther-Charlotte-Albert como un cuarteto que incorpora a Sophie, hermana de Charlotte y abiertamente enamorada de Werther, según evidencia la licencia de que sea ella, y no su padre el alcalde, quien anuncie el regreso de Albert.

El origen de este concepto dramatúrgico se remonta a su primer Werther, estrenado en Bremen en 1996. Loy convirtió entonces el título de Massenet casi en una ópera de cámara que apartaba de la vista todo el entorno y concentraba la atención en el cuarteto protagonista. El contraste resulta hoy revelador: ahora se conserva todo el aparato exterior —los niños, el alcalde y sus compinches Johann y Schmidt, los enamorados Brühlmann y Käthchen junto a varios figurantes—, pero la escenografía de Johannes Leiacker se limita a una gran pared clara, perforada por una amplia puerta que deja ver una galería con un árbol al fondo, y refuerza así la sensación de encierro psicológico. A ello contribuye el vestuario de Robby Duiveman, que ubica la obra en la década de 1950: el resultado apunta hacia un drama burgués a lo Chéjov o Ibsen, pero también hacia una suerte de huis clos de Sartre que aprisiona a los cuatro personajes en el último acto, en lugar de reservar esa atmósfera al encuentro last entre Charlotte y Werther.
Por desgracia, los cuatro protagonistas —todos ellos debutantes en sus respectivos papeles— no lograron infundir verdadera intensidad a esta atractiva propuesta de Loy, repuesta aquí por Silvia Aurea De Stefano, que saludó al last del estreno visiblemente embarazada. La mezzosoprano alemana Kristina Stanek dibujó una Charlotte de buenos medios vocales y dicción francesa razonablemente resuelta, pero incapaz de transmitir la destrucción inside a la que la conduce su firmeza ethical —mantener la palabra dada y casarse con Albert—, y que Loy escenifica en el tercer acto a través del alcohol. En lo estrictamente vocal, sin embargo, brilló con emisión homogénea y densidad casi wagneriana en ese mismo tercer acto, y muy especialmente en el aria de las lágrimas, Va! laisse couler mes larmes, en la que, sostenida por el maravilloso solo de saxofón alto, protagonizó uno de los destellos musicales de la noche.
La soprano navarra Sofía Esparza fue, dentro del cuarteto protagonista, la que más lejos llegó en lo dramático. Su Sophie invierte aquí el cliché del pajarillo doméstico y adquiere una conciencia amorosa propia, plena y nada infantil; aportó brillo y chispa, especialmente en el segundo acto con Du gai soleil, plein de flamme, resuelto con buenas agilidades. El barítono madrileño David Oller, como Albert, no terminó de hacer creíble al marido posesivo en que Loy transforma al ordinary bonachón resignado: medios vocales limitados y, aun así, la pronunciación francesa más solvente del reparto.
Entre los secundarios resultó muy convincente el divertido trío formado por el bajo Stefano Palatchi, el barítono Enric Martínez-Castignani y el tenor Josep Fadó, respectivamente como el alcalde y sus dos amigos Johann y Schmidt. Convencieron también Cristòfol Romaguera y Marta Esteban, como la joven pareja de enamorados Brühlmann y Käthchen, junto al sexteto vocal del Cor Vivaldi – Petits Cantors de Catalunya Escola IPSI.

En el foso, Henrik Nánási se quitó la espina de su problemática y accidentada Tosca liceísta de 2023. Su lectura, de colores intensos y vocación antisentimentalista, al frente de una Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu en buena forma —con solos brillantes en la cuerda y la madera—, conectó plenamente con la dramaturgia de Loy. Se comprobó en el famoso Clair de lune del primer acto, página de etérea sensualidad, pero sobre todo en el atormentado interludio de la Nuit de Noël que precipita el cuarto acto, integrado con notable acierto en la acción escénica como umbral del trágico desenlace.
Kraus concluía su breve texto sobre el protagonista de Massenet confesando que su interpretación de Werther seguía en constante evolución: “Cada vez que lo canto, encuentro nuevos detalles que expresar. Como todo en la vida —el mar, el fuego, el aire—, está inmerso en un movimiento continuo”. Anduaga tendrá sin duda la misma experiencia, también durante las próximas funciones de esta producción, pues nadie pone en duda que estamos ante uno de los tenores líricos llamados a marcar la próxima década.
‘Werther’
Música de Jules Massenet. Libreto de Édouard Blau, Paul Milliet y Georges Hartmann basado en la obra Die Leiden des jungen Werthers de Johann Wolfgang von Goethe
Xabier Anduaga, tenor (Werther); David Oller, barítono (Albert); Stefano Palatchi, bajo (El alcalde); Josep Fadó, tenor (Schmidt); Enric Martínez-Castignani, barítono (Johann); Cristòfol Romaguera, barítono (Brühlmann); Kristina Stanek, mezzosoprano (Charlotte); Sofía Esparza, soprano (Sophie); Marta Esteban, soprano (Käthchen).
Cor Vivaldi – Petits Cantors de Catalunya Escola IPSI
Directora del coro: Pilar Paredes
Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu.
Dirección musical: Henrik Nánási.
Dirección de escena: Christof Loy.
Gran Teatre del Liceu, 4 de mayo. Hasta el 17 de mayo.
