A un burdel llamado Utopía, uno de esos golf equipment de carretera con neones para llamar la atención de los conductores, llegan cinco hombres que quieren diversión… y sexo. ¿Quiénes son? ¿Clientes? ¿Qué buscan? ¿Un servicio? “Nos ha costado encontrar las palabras, queríamos huir de los eufemismos”, explican las directoras, Concha Delgado y Sandra Ferrús, junto a la dramaturga que ha creado el montaje, Alda Lozano, que interpreta a todas las mujeres que aparecen en escena.
Utopía en llamas, que se puede ver en la sala de la Princesa (la pequeña) del teatro María Guerrero hasta el próximo 26 de abril, reflexiona sobre la doble ethical masculina de los hombres que pagan por sexo y que no se hacen demasiadas preguntas sobre lo que eso supone, empezando por la trata de mujeres y niñas que hacen posible el negocio “más antiguo del mundo”.
En la presentación ante la prensa del espectáculo, dramaturga y directoras hablaron, junto a todo el elenco de la obra -cinco hombres y una sola mujer-, de la intención de este texto que se inicia con diálogos de la vida cotidiana y en el que poco a poco el espectador va descubriendo dónde se desarrolla la acción.
De lo que se trata es de evidenciar cómo de normalizada está la prostitución, explican, a partir de un “present performático” que se desarrolla en escenas “espeluznantemente divertidas”, porque el tema es muy duro y complejo y han querido huir de los clichés: “Necesitamos del arte para hablar de las cosas profundas, no queríamos hacer un panfleto” es su reflexión.
“Se juega con personas, con vidas de seres humanos y se maneja mucho dinero”, analizan las directoras y la dramaturga, que han concebido este espectáculo como un “rito creativo” en el que formular preguntas a los espectadores desde las energías y las voces de los cuerpos en escena, que podría ser gente muy cercana o tal vez ellos mismos, esto es, muy “reconocibles”.
Hay muchas razones para entrar en la trata, casi todas relacionadas con la pobreza, pero la mayoría de sus víctimas desconocen cuál va a ser su destino cuando las mafias las captan en países como Nigeria o Colombia. No saben que se convertirán en esclavas sexuales, no alcanzan a comprender hasta qué punto se deshumaniza a la mujer. Y el propósito de Utopía en llamas es presentar esa especie de “cuento bellamente terrorífico” a través del movimiento y la música que enmarcan el conflicto.
Y sobre todo hacerlo desde el punto de vista de los personajes masculinos, que son los que hacen posible la tragedia de la explotación sexual. A la prostitución se llega muchas veces a través de la pornografía, ese burdel digital mucho más normalizado aún, asumen las responsables del espectáculo, que son conscientes del consumo de prácticas sexuales cada vez más peligrosas: “No creo que sean felices haciendo sufrir a los demás. Hay esa contradicción”, advierte la dramaturga, que ideó el texto a partir de una pregunta tan easy como cuántos de sus amigos habían pagado alguna vez por sexo y quiso hablar de un tema del que, a pesar de estar a la vista de todos, no se habla.
“Lo más interesante de la obra es el hecho de cómo el espectador empatiza con los puteros, que son los verdugos. En el fondo, creo que es lo más realista que sucede. Nos reímos con ellos y normalizamos un delito. El hecho de que a mí misma me resulte simpático aquel que es cómplice de esta barbarie es lo que más me gusta de esta pieza”, reflexiona Alda Lorenzo.
