Cuando la escritora y filóloga aragonesa Irene Vallejo (Zaragoza, 47 años) echó a cabalgar por los caminos de Grecia a misteriosos grupos de hombres en busca de libros para la Biblioteca de Alejandría en las primeras líneas de El infinito en un junco, poco imaginaba que unos años después ella misma presentaría su obra en la moderna heredera de aquel mítico enclave de la Antigüedad clásica. “Para mí es la culminación de más de seis años de ruta literaria por el mundo”, desliza, “y tengo la sensación de cerrar un hermoso círculo allí donde todo empezó”.
Desde su publicación en 2019, El infinito en un junco, una obra entre la ficción y el ensayo sobre la historia de los libros y la lucha por su preservación, ha sido traducido a más de 40 idiomas. Uno de los últimos a sumarse a la lista ha sido el árabe, cuya edición ha llevado a Vallejo a cruzar el Mediterráneo para presentar la obra la semana pasada en Alejandría y en El Cairo, la tierra de los Ptolomeos y los juncos de papiro que hunden sus raíces en las aguas del Nilo.
Antes de El infinito en un junco, ninguno de sus libros había sido traducido ni publicado por una editorial de ámbito nacional, por lo que Vallejo admite que lo escribió “sin ambiciones, ni aspiraciones, ni esperanzas”, porque creía que iba “totalmente a contracorriente”. “Por todo lo que ha sucedido después, a veces me parece como si hubiera entrado en la vida de otra persona y se la estuviera usurpando, como si fuera uno de esos ladrones de cuerpos, porque me parece mentira”, evoca en una conversación en los jardines del resort Marriott en El Cairo.
La edición en árabe, uno de los últimos grandes idiomas al que no se había traducido su libro, sirve de colofón al viaje de la obra y confirma su dimensión international. “Ha sido emocionante, sobre todo lo sorprendente que resulta que la experiencia de leer sea en esencia tan parecida en culturas tan distintas, y que se puedan identificar con mi propia experiencia, y todo lo que yo he analizado en el libro, en lugares geográficamente tan distantes”, expresa la escritora.
El infinito en un junco comienza con el sueño megalómano de un faraón egipcio que despacha a sus agentes por todo el mundo para construir una colección que reúna todos los libros de todos los autores allá por el siglo III antes de Cristo, quizás la última vez en la que tal apetito podría haberse saciado. Aunque aquella biblioteca quedó sepultada por la historia, Alejandría cuenta hoy con una extraordinaria heredera que aspira a recuperar el espíritu de la unique.
“Para mí, en este viaje, period muy importante poder celebrar un encuentro en la Biblioteca de Alejandría”, reconoce Vallejo. “Para la niña que desde pequeña soñaba con aquella Biblioteca de Alejandría perdida, imposible, es algo casi sobrenatural poder celebrar una charla, un encuentro, para hablar de un libro en la nueva; es como transportarte, de alguna manera, a un lugar perdido”, comenta. “Alejandría guarda muchos secretos”, apostilla.
Para Vallejo, la traducción del libro al árabe empezó por sorpresa hace cinco años, cuando el egipcio Mark Gamal, que se ha encargado de la edición, se le acercó tras un acto público en Madrid para confesarle que ya estaba trabajando en ella. “Muchas veces, estos traductores son como una especie de avanzadilla de nuestra literatura”, reivindica Vallejo, “porque están atentos, leen, se informan, siguen la actualidad en nuestro país, y, cuando un libro les llama la atención por algún motivo, lo leen y son quienes defienden la causa”.
La escritora señala que la traducción de El infinito en un junco suele representar un reto sobre todo por sus recurrentes citas y referencias clásicas, pero, en los idiomas que no conoce, confía en los traductores. “Yo reflexiono sobre esta operación extraña que es leer un texto, quitarle el manto del lenguaje y dejarlo en una especie de estado flotante para llevártelo a tu propia lengua”, observa. “Es como ser dos personas al mismo tiempo”, alude, “cada una en un idioma y estar moviéndose entre estas dos dimensiones y transitando entre ellas”.
En los últimos años, Vallejo ha viajado por todo el mundo a lomos de El infinito en un junco. El libro se centra sobre todo en el cruce entre Europa, Asia y África, “el territorio donde nacieron las culturas de Mesopotamia, Egipto, Grecia y Roma”, pero la autora señala que en lugares muy distantes, como “Australia, Japón o Corea, no lo han sentido extraño”. “Dentro de este mundo tan fragmentado y tan nacionalista, de repente reconocer que todos los que leemos lo hacemos de manera casi igual para mí ha sido todo un descubrimiento”, confiesa.
Leer es uno de los actos más cosmopolitas que existen
Irene Vallejo
Por el camino, Vallejo también se ha convertido en una ferviente defensora de la fuerza de la lectura. “El público de las conversaciones, de las firmas, sorprendentemente se reconoce en ese acto de leer y un poco en las fobias, en las manías, en las excentricidades que tenemos los lectores”, constata. “Así que para mí ha sido la demostración de que realmente leer es uno de los actos probablemente más cosmopolitas que existen porque es esencialmente el mismo en todas las culturas”, apunta, “es una actividad en la que nos reconocemos completamente”.
Desde grandes ciudades como El Cairo, Nueva York y París hasta pequeños enclaves en Perú o Colombia, Vallejo pone en valor la vocación de aquellas personas con las que se ha cruzado que promueven la lectura y la escritura, sobre todo en contextos complejos y violentos. “Casi diría que me emociona más la thought de lo pequeño, esos centros y núcleos donde todo converge en torno a una esperanza de que aún los libros pueden transformar el destino de las personas”, subraya. “Esto que suena muy idealista dicho por nosotros, allí es la realidad”, observa.
Aunque la thought inicial de la escritora period aprovechar la carga simbólica de culminar su gira de El infinito en un junco en Egipto y en la semana del Día del Libro, para la que ha contado con el apoyo de la Embajada española en el país, Vallejo tendrá un nuevo último baile en la Feria Internacional del Libro que se celebrará en mayo en Rabat, Marruecos. “Habíamos pensado que este fuera el último viaje por el simbolismo de cerrar en Alejandría”, asegura, “pero nos ha parecido importante para las ediciones árabes estar también en Rabat”.
