Se cumple un mes desde que comenzó la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel bajo el pretexto del peligro que supone el programa nuclear del régimen ayatolá. Desde entonces, el fuego cruzado ha sido constante, lo que ha generado importantes repercusiones económicas mundiales y ha puesto en el punto de mira el papel de la OTAN.
La Casa Blanca insiste en que Irán quiere llegar a un acuerdo y que la operación militar terminará en semanas. Sin embargo, sobre el terreno, la situación se complica tras la entrada de Yemen en el conflicto con un ataque a Israel.
Inesperado, y de madrugada, se produjo el pasado 28 de febrero el primer bombardeo sobre Irán. Los Ayatolás no tardaron en responder atacando Israel y otros lugares con bases americanas. En apenas unas horas el país perdía al que había sido su líder supremo durante casi 40 años. La muerte de Alí Jameneí hirió al régimen, pero no impidió que siguiera su lucha.
Hezbolá dio un paso adelante y su apoyo a Irán propició la ofensiva que desde entonces el gobierno de Netanyahu lleva a cabo en el sur de Líbano, donde se asienta la milicia chií.
El último movimiento llega de otra milicia: los hutíes de Yemen, aliados de Irán, quienes han reivindicado el lanzamiento de misiles balísticos hacia el sur de Israel. Su entrada en el conflicto aumenta una escalada que no ha hecho más que crecer.
Durante las últimas cuatro semanas el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha criticado a la OTAN porque considera que no se involucra lo suficiente, especialmente duro fue con España, al que tachó de “socio horrible”.
El cierre del estrecho de Ormuz ha llevado las consecuencias económicas del conflicto a todo el mundo. Su bloqueo ha generado fuertes amenazas entre Wahsington y Teherán.
En los últimos días ambos han intentado acercar posturas, pero de momento los bombardeos continúan.
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