
Desde que Picasso lo pintó en plena Guerra Civil por encargo de la República española, el Guernica es algo más que un cuadro: es un icono político. Tanto, que ese carácter icónico lo sometió a partir de 1937, y durante años, a una gira de exposiciones que terminó por dañarlo gravemente. Por eso en tres décadas no se ha movido del Museo Reina Sofía de Madrid, donde recaló en 1992 procedente del cercano Casón del Buen Retiro, el edificio del Museo del Prado al que llegó en 1981 desde el MoMa de Nueva York y donde —por si cabía alguna duda de su dimensión política— pasó una década protegido por un cristal antibalas y hasta por la Guardia Civil.