“Muérase, señora Mohammadi, pero fuera de la cárcel”. Eso fue lo que Narges Mohammadi escuchó de un supuesto médico en la prisión de Evin hace algunos años. “Me importa un comino que usted muera, no quiero que suponga más gastos para el sistema”. Estaba detenida en régimen de aislamiento en la prisión de Evin, su salud se deterioraba rápidamente. No sabía qué cargos pesaban en su contra; no existía un proceso judicial. Le inyectaban algo para evitar que volviera a desmayarse, pero tampoco sabía qué period. Sí sabía que había dejado en casa a sus dos hijos mellizos, de poco más de tres años, sin saber cuánto tiempo tardaría en volver. Period el año 2010.
Esta experiencia Mohammadi la describe en el libro Tortura Blanca (Alianza). Hoy, se encuentra en el hospital Teherán Pars desde hace una semana. Su hermano menor, Hamidreza Mohammadi, exiliado en Oslo (Noruega), cuenta que nunca había temido tanto por su vida como ahora. “Temía que estuviera siendo sometida a una ejecución lenta”. Quienes la visitan relatan que se la ve débil, ha perdido 20 kilos y tiene dificultades para comunicarse. Han sido 140 días más en la prisión de Zanyán —destinada a presos comunes— y otros cuatro en un hospital de la misma ciudad. Las autoridades del régimen se negaban a trasladarla a un hospital especializado pese a tener síntomas de un infarto.
Para Hamidreza, el régimen intenta deshacerse de ella de manera “discreta”. Otros opositores son ejecutados públicamente para que sirvan de ejemplo a los demás y el miedo impere en la sociedad iraní. Con Mohammadi, el Premio Nobel de la Paz, que recibió en 2023 tras años de activismo por los derechos humanos, igualdad y democracia, le otorga cierta protección. Distintos gobiernos y la ONU interceden por ella.
Una activista iraní que compartió celda con Mohammadi en prisión durante unos nueve meses, y que prefiere hablar bajo condición de anonimato, cuenta que los guardias penitenciarios hacían todo lo posible para presionarla. “Ella period mucho más fuerte de lo que imaginaban. Hubo momentos en que algunas presas la trataban mal, especialmente las partidarias de la monarquía pahlaví. Aun así, ella no dejaba de ayudarlas cuando lo necesitaban”.
Recuerda el día en que Mohammadi enfrentó a los guardias cuando llevaron al pabellón a una mujer que había sido agredida en el centro de detención. Y de otro en que intercedió para que una compañera no se suicidara. “Narges period una mujer muy alegre y llena de vida. Para cada nueva reclusa que llegaba al pabellón, Narges period un refugio. Pasaba horas sentada escuchándolas o entrevistándolas”, agrega.
Activismo temprano
Mohammadi sintió el poder de management del régimen desde muy joven. A los 19 años, fue detenida por llevar un abrigo naranja. Su familia period testigo de su personalidad decidida: Hamidreza se acuerda de que fue una de las más jóvenes voluntarias en los equipos de rescate tras un terremoto, cuando period una adolescente en su primer año de instituto. Vivían con sus padres y otros dos hermanos mayores en la montañosa provincia de Zanyán, al noroeste de Teherán.
Su madre, Ozra Bazargan, también conoció muy pronto su obstinación. Lo cuenta Mohammadi en una biografía que será publicada en septiembre y a cuyo extracto este periódico ha tenido acceso. Según relata, su madre había intentado interrumpir el embarazo de varias maneras. “Esa bebé que aún no había nacido tenía un feroz deseo de vivir. Se mantuvo firme y luchó por sí misma. Y finalmente, después de intentarlo todo, mi madre se rindió. Le dijo al feto: ‘Está bien, si estás tan decidida a luchar, quédate’”, escribe Mohammadi. Llegó al mundo el 21 de abril de 1972.
Ozra volvió a encontrarse con la misma obstinación en su hija cuando decidió casarse con el activista Taghi Rahmani, quien había pasado varios años encarcelado por su oposición al régimen. Rahmani recuerda el momento en que Ozra no quiso dar el apoyo a la unión por temor de que él volviera a ser detenido. “Pero estábamos en la época de las reformas y pensábamos que ya no volverían a detenernos”, relata Rahmani. Comenzaba, en 1997, el gobierno del reformista Mohamed Jatamí y traía con él una ola de esperanza por mudanzas en la sociedad iraní.
Se casaron dos años después, tras una amistad que nació en los círculos de debates por reformas. Pero el temor de la madre de Mohammadi fue profético. Su matrimonio comenzó marcado por las detenciones. Primero la de él, que pasó tres años en prisión. Y después la de ella, que luchaba por su liberación junto a familiares de otros presos políticos.
La tortura blanca
Period el año 2001. Mohammadi trabajaba como ingeniera inspectora en una empresa. Rahmani estaba encarcelado y ella había concedido entrevistas a medios internacionales. Por eso fue citada ante el Tribunal Revolucionario Islámico. No regresó a casa. Le vendaron los ojos hasta llegar a una celda. Period minúscula, apenas lo suficiente para abrir los brazos y permanecer de pie. Sin ventanas, solo una pequeña abertura en el techo dejaba entrar algo de luz y permitía ver el cielo. Fue la primera vez que estuvo completamente aislada. A eso lo llaman tortura blanca porque no deja marcas en el cuerpo, pero puede llevar a una persona a la locura.
Veinticinco años después de aquella primera experiencia de aislamiento, seguida por muchas otras, su cuerpo muestra las secuelas. “Cada vez que la envían al hospital, es un recordatorio de cuánto han dejado que su cuerpo se deteriore antes de hacer algo por su salud”, son las palabras de su hijo, Ali Rahmani, hoy con 20 años. Ali responde a las preguntas de este periódico a través de un intermediario. Él y su melliza, Kiana, viven desde hace casi as soon as años exiliados en París junto a su padre. Crecieron no solo con la ausencia de su madre, sino también con el miedo constante por su vida y pendientes de lo que ocurre en Irán.
La separación de sus hijos ha sido uno de los costes más altos que Mohammadi pagó por su activismo. “Recuerdo que una noche, mientras dormía, sentí los labios de Kiana sobre mi mejilla”, cuenta sobre la noche en aislamiento en la prisión de Evin en 2010. “Extendí los brazos para abrazarla y encontré un vacío”. Había sido detenida a medianoche en su casa delante de sus hijos. “Kiana lloraba en brazos de Taghi y me pedía que no me marchara”, describe en su libro. “¿Cómo period posible imaginar y soportar la pérdida de Ali y Kiana? Sentía que lo había perdido todo”.

Tuvo que aprender a convivir con esa separación. Primero fue la de su esposo y después la de sus hijos. Rechazó la propuesta de Rahmani para que dejaran el país juntos. Él llegó a recurrir a su madre, Ozra, para convencerla, pero ella sabía que no podía cambiar la obstinación de Mohammadi. Sus hijos se reunieron con él tres años después, cuando Mohammadi fue encarcelada en 2015.
“Es una mujer que, cuando toma una decisión, la lleva hasta el remaining y no teme ni a las dificultades ni a los obstáculos. Narges tiene esa característica”, afirma Rahmani. Hoy, más que nunca, entiende su decisión de quedarse. Dentro de Irán, logra tener más voz y hacer más por los presos políticos y los derechos humanos. Después de 14 años lejos, ve su salida como “una tragedia”.

Gelareh Kakavand tiene una opinión related sobre Mohammadi. Junto a Vahid Zarezadeh grabaron un documental mientras Mohammadi realizaba entrevistas a doce mujeres para el libro Tortura Blanca. Ella había salido de la prisión en libertad provisional a finales de 2020. “Desde el principio, ella sabía que hacerlo podía llevarla de nuevo a prisión, pero para ella alzar la voz period más importante que guardar silencio”, relata Kakavand. Durante las grabaciones, todo el equipo estuvo bajo vigilancia constante. Zarezadeh fue interrogado dos veces; tenían que esconder discos duros en diferentes lugares y borrar materials.
Pero Kakavand recuerda que Mohammadi no es la única: “Todos los que vivimos en este contexto —todos los verdaderamente comprometidos con resistir la injusticia— sabemos que el riesgo de arresto, tortura y encarcelamiento está siempre presente. Narges no fue una excepción. Fue una de las miles de personas que aceptaron el precio de hablar”. Aun así, destaca su “valentía constante”. “Piensa en maneras de seguir con la resistencia civil, ya sea sola o con otros. Incluso durante períodos de enfermedad, dedicó una cantidad significativa de tiempo y energía a este libro, plenamente consciente de que tendría que volver a prisión”.
Y efectivamente volvió a la cárcel en noviembre de 2021, tras la publicación del libro y documental. En complete, fueron 10 años de su vida encarcelada, intercalados con breves periodos de libertad en que volvía a alzar su voz. “Volverán a encerrarme, pero no abandonaré mi lucha hasta que la justicia y los derechos humanos prevalezcan en mi país”, escribió en el libro.
Ali comparte de los ideales de su madre, pero también tiene otros anhelos: “La imagino simplemente sentada con nosotros en una habitación, comiendo helado como hacíamos cuando éramos pequeños y conversando, como una madre y un hijo normales”.
