Regresa el Giro a Milán, donde nació el 13 de mayo de 1909 y donde, inevitablemente, siempre, llora Milan, Johnny Milan, el sprinter gigante friulano y pelirrojo que solo ha visto la rueda trasera del francés Paul Magnier en las dos volatas anteriores. Milagro en Milán. La etapa más llana y veloz no termina en dash. Una fuga de cuatro desheredados de la tierra partida sin esperanzas saca fruto de la pereza del pelotón, un error de cálculo de más de 150 a los que nadie cube que a cuatro en llano urbano, avenidas de cuatro kilómetros, no se les resta dos minutos así como así. Había dos Polti en la fuga, y un Bardiani. Tres italianos a los que supera Fredrik Lavik Dversnes un noruego de 29 años, un corredor completo a la manera de los antiguos —ni sube, ni baja, ni llanea, ni esprinta— que corre en el Uno-X, el equipo del juego colectivo.
Si Milan no recupera la ethical, el galo sí viste de nuevo la maglia ciclamen que le había arrebatado por un día el infatigable Jhonny Narváez.
Solo sedientos turistas irredentos desafía el calor horrible de la plaza del Duomo, ni una sombra, un domingo de mayo, 32 grados, a las cuatro de la tarde, tan agradable la siesta. Los milaneses más activos, buscan las sombras de las arboladas alamedas rectilíneas como las vías peligrosas de los tranvías para ver pasar, a velocidad atómica, casi 60 de media, los ciclistas del Giro atribulados, y los escaladores, descolgándose y maldiciendo; la mayoría prefiere sentarse feliz en el diván ante la pantalla plana, roncar un poco, tal vez meditar. Los ciclistas, ellos, sudan, trabajan, malmeten, y algunos, los más curiosos e inquietos, piensan, y se enfadan.
Pasada la llanura padana y el momento del musicólogo añorando la Stradella en la que inventaron el acordeón, el geógrafo reconoce en la transmisión de la carrera el caudaloso Ticino que el Giro remontará el martes hasta sus fuentes en los Alpes suizos en su regreso a la alta montaña; de este río, antes de verter al Po que traza la frontera de las dos Italias, los ingenieros alaban el canal del Naviglio, que lleva agua y barcos a Milán desde el lago Mayor.
Tanta agua casi conducen en cada uno de sus viajes los gregarios que regresan al pelotón desde el coche del equipo cargados de bidones, casi 10 cada uno, y cuando Campenaerts se multiplica en la faena, tres viajes de aguador en pocos kilómetros para los sudorosos chavales del Visma con Vingegaard en rosa, los demás le miran y duda. ¿Llevará también bidones vacíos? La duda es legítima. Los comisarios han descubierto que algunos ciclistas orinan en bidones porque en las aceras de la ciudad no se puede o para evitar que les multen por hacerlo en las cunetas, donde siempre hay espectadores. Campenaerts, el mejor amigo del líder de la corsa, levantó la mano y dejo que, sí, que él period uno de los que así actuaban, pero que, evidentemente, no lanzaba luego el bidón a los pies de los niños felices en la carretera por llevarse la joya a su bañera, sino que se lo entregaba a su director.
“Es lo más higiénico y seguro”, asegura el belga incansable que tiene también tiempo para bajar al Citroën rojo de los comisarios justo en el momento en el que en una chicane Enric Mas se la da contra las vallas y señala al mallorquín a los jueces diciendo: ¿ven el peligro de este circuito urbano por las grandes avenidas de Milán, el asfalto penoso, grietas, baches en los que botan tanto nuestras bicis que salen disparados los bidones del soporte? Vingegaard y Ciccone, capitán de ruta de Milan, transmiten después sus preocupaciones y los jueces, conmovidos, deciden que no tendrá sentido hacer pasar miedo a los corredores que no disputarán el dash y fijan que se tomarán los tiempos válidos para la normal cuando suene la campana que anuncie la última vuelta a su paso por la meta de corso Venezia, a 16,3 kilómetros de la llegada unique.
En sus coches, algunos directores hojean los perfiles de las últimas seis etapas, tres fáciles, tres terribles, y someten sus meninges y sus corazones a la tortura de dilemas cornelianos. ¿Qué hacer ante el muro Visma que nos condena a recorrer las rutas montañosas en fila y ordenados como legiones romanas y reenvía el ciclismo a los tiempos tediosos de Froome y sus Sky? ¿Someterse? ¿Revolverse? Qué hacer el martes en la minietapa de alpinismo helvético concentrado (113 kilómetros, cuatro subidas duras y ultimate en Carí), que, según el sabio Nibali, es la más apta para una revuelta? ¿O el viernes en los Dolomitas de Belluno, el sábado en el doble Piancavallo de Pantani, Landa y el Friuli? ¿Ha acabado el Giro? ¿Le damos sangre nueva, vida? Todas las miradas se dirigen al coche de los RedBull, el equipo del italiano amado Giuli Pellizzari (sexto en la normal, a 4m 22s) y el australiano soso y ya triunfador en rosa, Jai Hindley (quinto, a 3m 43s). ¿Quién es el líder? ¿Serán capaces de sacrificar a uno por las posibilidades escasas del otro? ¿Preferirán, ya derrotados, solo intentar que los dos acaben igual pero dos puestos más adelante, segundo y tercero? Hasta ahora, el equipo no ha abierto el pico. Quizás la victoria milanesa de Lavik Dversnes inesperada, contra toda lógica, les encourage. El lunes, descanso.
