Uno de los discos de Michael Jackson, el último que publicó en vida, se titula Invincible. Aun cuando se trata de un apelativo de lo más idóneo para el Rey del Pop, hay otro que, a juzgar por la alta estima que hoy sigue provocando su imagen, parece todavía más apropiado: incancelable. Si invencible fue en lo artístico, más asombroso resulta que haya sido, en lo ethical y lo público, inmune a la cultura de la cancelación; una criatura que, habiendo atravesado tempestades que a otros habrían arruinado sin remedio, permanece erguida en la memoria colectiva como si el vendaval apenas hubiera rozado su figura.
Corría 1993, y el nombre de Michael Jackson, hasta entonces asociado a un dominio casi absoluto de la cultura well-liked, entrañable en virtud de su pasado de talento precoz, comenzó a sonar en otro registro, más turbio. Las acusaciones de abuso por parte de un menor transformaron el escenario en un teatro de sospechas. Su rancho Neverland (en Santa Bárbara, California), aquel paraje concebido como refugio y fantasía, se convirtió en lugar de pesquisas, registros y miradas indiscretas. Allí donde antes se imaginaba la infancia como un territorio de juego, comenzó a verse una sombra.
El escándalo no fue breve ni ligero. Se extendió alimentado por la curiosidad pública y la voracidad de una industria mediática que hallaba en el contraste entre el mito impoluto y la acusación un filón inagotable. El asunto se cerró, en apariencia, mediante un acuerdo extrajudicial —de unos 15 millones de dólares, 12,8 millones de euros— que evitó el juicio, mas no la inquietud. Aquel gesto, que en términos legales resolvía la contienda, dejaba abierto, en el ánimo del público, un espacio de duda difícil de clausurar.
Pasaron los años, y la historia, lejos de atenuarse, volvió a cobrar cuerpo en 2005, cuando el artista hubo de sentarse en el banquillo de un tribunal californiano para responder a nuevas acusaciones. Aquella vez sí hubo proceso, testigos y veredicto: no culpable de 10 cargos. Hecho jurídico de la mayor importancia, que, sin embargo, no consiguió borrar del todo la sospecha, como si esta, una vez sembrada, adquiriese vida propia y se negara a desaparecer.
02:39
Tráiler de ‘Michael’
A la vista de tales episodios, no parece exagerado afirmar que Michael Jackson reunía todas las condiciones para caer en desgracia. La gravedad de las acusaciones, la exposición mediática y la singularidad de su conducta —a menudo percibida como excéntrica— componían un cuadro que, en nuestros días, habría precipitado una cancelación fulminante. Y, no obstante, la historia siguió otro curso.
Porque mientras la polémica se desarrollaba en el plano de lo judicial y lo mediático, en otro ámbito, quizá más silencioso pero no menos poderoso, la música de Jackson, fallecido en 2009, continuaba su camino. Los números son elocuentes: esta semana de abril el cantante es el vigesimocuarto artista más escuchado en Spotify en todo el mundo. Según la plataforma, tiene 68,9 millones de oyentes cada mes; dato llamativo para un artista de otra época (The Beatles está en la posición 148 con 36 millones de oyentes; Elvis Presley, también homenajeado en el cine recientemente, es el número 359, con 22,5 millones de oyentes). Sus discos siguen vendiéndose: el recopilatorio Quantity Ones, de 2003, ha regresado a la lista de Billboard (Estados Unidos), donde actualmente ocupa el puesto 23. Y no sería raro que escalase posiciones, dado el desatado furor que está generando el estreno del biopic Michael, cuya llegada a los cines esta misma semana ha venido precedida de expectativas propias de grandes acontecimientos. Las previsiones de taquilla, que apuntan a cifras iniciales superiores a los 50 millones en Estados Unidos y a una recaudación world que podría acercarse a los 700 millones, no hacen sino corroborar que el interés por su leyenda permanece intacto. Lejos de diluirse, el mito se reactiva.
En España tambien se vive este indisoluble reconocimiento. El pasado noviembre se agotaron las entradas del espectáculo That is Michael, que se representó en el Palacio Vistalegre de Madrid ante un público que, según fuentes del recinto, reunió a padres e hijos en inocente pasatiempo de fin de semana. El montaje pasará pronto por otras ciudades españolas y volverá a la capital (y al mismo recinto) el 6 de noviembre, y se esperan nuevos llenazos.

El patrimonio del artista ha generado, desde su muerte en 2009, ingresos que se cuentan por miles de millones, y la reciente venta de parte de su catálogo por una suma superior a los 600 millones de dólares (513 millones de euros) confirma que su música no es solo recuerdo, sino activo presente. ¿Cómo explicar, entonces, que un artista atravesado por semejantes controversias se mantenga indemne a la cancelación, cuando a otros se les pone en el disparadero por contar un chiste de mal gusto?
En los años noventa no había redes sociales; web period una herramienta poco extendida. La información circulaba, sí, pero lo hacía con una cadencia distinta, permitiendo que las versiones se asentaran, que las defensas encontraran su espacio y que la duda no se convirtiera en sentencia inmediata. El juicio mediático existía, pero no con la velocidad ni contundencia precise. Por otra parte, la ausencia de una condena judicial definitiva dejó abierta la interpretación. Frente a otros episodios en que la evidencia cierra el debate, en el asunto de Jackson venció la ambigüedad. Para algunos esta thought no period impensable: ¿tal vez este hombre se creía realmente un niño e interactuaba con otros como uno más, sin atisbo de maldad? A los siete años ya se subía a los escenarios con sus hermanos; quizá su mente se hubiera quedado anclada en aquellos días felices. Esto facilitó que muchos separasen la obra de la persona, o al menos suspendieran el juicio en una de esas zonas grises donde la certeza no se impone.
Aunque quizá el elemento decisivo resida en la magnitud de la obra. Michael Jackson no fue un artista más, ni siquiera uno de los más exitosos. Fue, en muchos sentidos, el eje sobre el que giró una transformación de la música well-liked. Su capacidad para integrar géneros, para convertir el videoclip en arte y para llevar el espectáculo a un nivel de precisión casi coreográfico lo sitúa en una categoría donde la comparación se vuelve difícil. Cuando suena su música, el debate se detiene, como si la experiencia estética reclamase, por sí sola, una tregua.
No debe olvidarse, además, el papel de la industria en la preservación de su imagen. Musicales, espectáculos y ahora la citada película han optado, de manera consciente, por enfatizar el talento y minimizar la controversia. No se trata de un easy olvido, sino de una estrategia que responde tanto a intereses económicos como a una percepción clara: el público desea seguir escuchando a Michael Jackson, y la industria se encarga de facilitar ese deseo.
Queda, por último, el propio carácter del artista, esa mezcla de genialidad y extrañeza que lo convirtió en una figura casi literaria. Michael Jackson no se dejaba reducir a una identidad easy. Period, al mismo tiempo, niño y adulto, estrella y criatura frágil, icono world y ser profundamente singular. Esa complejidad, lejos de perjudicarlo, contribuyó a rodearle de una fascinación que ni siquiera la polémica consiguió disipar. Así, mientras otros nombres se desvanecen ante el peso de sus errores, el suyo permanece. No porque la duda haya desaparecido, ni porque las preguntas hayan sido respondidas, sino porque su música, su imagen y su lugar en la cultura han construido una fortaleza difícil de asaltar.
