El posible cierre o interrupción prolongada del estrecho de Ormuz, la principal vía marítima por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial, ha encendido alertas en la economía world.
El conflicto en Medio Oriente no sólo amenaza el suministro energético internacional, sino que también podría redefinir las relaciones comerciales entre países altamente dependientes del comercio exterior, como México y China.
En 2026, la relación entre México y China atraviesa una etapa compleja.
Por un lado, existe una fuerte interdependencia comercial: China es el tercer socio comercial de México y un proveedor basic de insumos industriales, electrónicos y autopartes.
Por otro, las tensiones políticas y comerciales han aumentado, especialmente después de que México impusiera aranceles a más de 1,400 productos a principios de este año, algunos de hasta 50%, con el objetivo de proteger industrias nacionales.
La coyuntura internacional derivada del estrecho de Ormuz puede profundizar estas tensiones y generar efectos importantes sobre los combustibles, las exportaciones y las importaciones mexicanas.
China enfrenta actualmente una paradoja económica. Mientras sus fabricantes continúan consolidando su liderazgo tecnológico, particularmente en vehículos eléctricos, baterías y manufactura avanzada, su crecimiento económico se ha desacelerado debido a problemas estructurales internos: disaster inmobiliaria, deflación y políticas económicas erráticas posteriores a la pandemia.
A ello se suma un nuevo riesgo: China es el mayor importador de energía del mundo y depende significativamente del petróleo que transita por el estrecho de Ormuz.
Aunque cuenta con reservas estratégicas importantes, un conflicto prolongado elevaría sus costos energéticos y afectaría su producción manufacturera.
Este escenario tiene implicaciones directas para México.
Gran parte de las importaciones mexicanas provenientes de China son bienes intermedios utilizados por la industria nacional, especialmente el sector automotriz y electrónico.
Si China enfrenta mayores costos energéticos o interrupciones logísticas, los precios de estos insumos podrían incrementarse considerablemente.
Para México, esto implicaría mayores costos de producción en sectores exportadores clave vinculados al TMEC.
Las cadenas de suministro, ya tensionadas desde la pandemia y la guerra comercial entre Estados Unidos y China, volverían a enfrentar presiones inflacionarias.
Además, el aumento internacional del precio del petróleo tendría un doble efecto para México.
Como productor petrolero, el país podría beneficiarse temporalmente de mayores ingresos petroleros y fiscales.
Sin embargo, México continúa importando una parte significativa de las gasolinas y combustibles refinados que devour.
Por ello, un incremento sostenido en los precios internacionales terminaría afectando el costo de transporte, alimentos y bienes básicos para hogares y empresas.
La inflación energética podría convertirse nuevamente en un problema central para la economía mexicana.
En el ámbito comercial, México también enfrenta un delicado equilibrio geopolítico.
Estados Unidos ha presionado constantemente para que México limite la presencia tecnológica y comercial china dentro de América del Norte.
Esta presión se ha intensificado bajo el contexto del TMEC y la competencia estratégica entre Washington y Pekín.
Las recientes medidas arancelarias mexicanas reflejan parcialmente este reposicionamiento.
Sin embargo, México tampoco puede prescindir fácilmente de China.
La economía mexicana depende de componentes industriales chinos baratos y abundantes para mantener su competitividad exportadora.
En otras palabras, México busca reducir dependencia sin romper completamente la relación.
Las exportaciones mexicanas hacia China se concentran principalmente en minerales como cobre y hierro, además de autopartes.
Estados como Sonora y Puebla han fortalecido sus vínculos comerciales con el mercado chino durante los últimos años.
No obstante, si la economía china se desacelera aún más por el encarecimiento energético derivado del conflicto en Ormuz, la demanda china de materias primas mexicanas podría disminuir.
Esto afectaría particularmente a sectores industriales y mineros orientados al mercado asiático.
Paradójicamente, algunos analistas consideran que México también podría encontrar oportunidades en este contexto.
La creciente rivalidad entre China y Estados Unidos ha impulsado procesos de nearshoring, donde empresas buscan relocalizar producción más cerca del mercado norteamericano.
Si las tensiones geopolíticas continúan elevando costos logísticos y energéticos en Asia, México podría fortalecerse como plataforma manufacturera alternativa para empresas globales interesadas en abastecer a Estados Unidos.
Sin embargo, aprovechar esta oportunidad requiere resolver problemas estructurales internos: infraestructura insuficiente, inseguridad, debilidad energética y limitaciones en capital humano especializado.
La disaster del estrecho de Ormuz demuestra cómo conflictos geopolíticos distantes pueden impactar profundamente economías interconectadas.
México ya no puede analizar su política comercial únicamente desde una perspectiva bilateral. La relación con China, Estados Unidos y los mercados energéticos globales forma parte de un mismo tablero estratégico.
En este nuevo entorno internacional, México enfrenta un desafío complejo: proteger su industria nacional, mantener competitividad exportadora y evitar una dependencia excesiva de cualquier potencia económica.
La tensión entre integración world y autonomía económica definirá buena parte de la política económica mexicana en los próximos años.
