Se suponía un domingo feliz, después de que su hermano Jaime se viralizase a mediodía en las redes sociales con un puntazo —y a posteriori, con el trofeo del challenger sub-15 de Murcia— y de que Miami, traicionera ella, regalase una jornada de espléndido sol. Sin embargo, todo empezó a torcerse a media tarde con un desagradable aperitivo: cayó el madrileño Rafael Jódar ante Tomás Martín Etcheverry como anticipo (7-5 y 6-4, en 1h 50m) y luego, en forma de terremoto, se constató la salida prematura de Carlos Alcaraz, apeado por Sebastian Korda en la tercera ronda (6-3, 5-7 y 6-4, en 2h 18m). Como ya sucediera un año antes, el español enfila la puerta de salida demasiado pronto.
Curioso lo de este torneo, paraíso y cenagal a la vez. Precioso el recuerdo —el título que descorchó definitivamente la meteórica ascensión, en 2022—, pero también muy puñetero. Ambivalente. La temporada pasada nadie lo vio venir, aunque hasta entonces se contaba con los derrapajes más o menos cíclicos del murciano. El belga David Goffin (34 años) se transformó ese día del estreno en un cepo y ahora es estancado Korda quien le sorprende; y no porque le falten argumentos ni calidad, sino porque el Alcaraz de hoy, el imponente competidor, difícilmente patina o deja escapar partidos de este tipo. Fluctúa la dinámica, apunta la cosa a que sí, a que podrá, a que huele a remontada. Pero al closing se inclina.
Le cuesta encontrar el sitio. Ahí se percibe menos punch, menos fuelle. “No me va el saque, no llega…”, les cube a los suyos. Y así lo transmite la estadística. Tampoco le convencen las bolas, Dunlop, circunstancia que ya se dio en la eliminación anterior: “Llevan así [de infladas, fruto de la humedad, 65%] cuatro juegos…”, protesta. Korda, dicta, Korda manda. “Y he sacado muy bien. Para ganarle a un jugador tan bueno como él, tienes que sacar bien”, dirá al cierre el norteamericano, que conoce el ambiente al dedillo —nació en Bradenton, también localizada en la península— y hace un mes triunfó en Delray Seashore, a menos de una hora en coche. El estiloso rubio ya le hizo pasar un mal trago en Montecarlo hace cuatro años, de entrada. Lo sufre, pero incide.
Durante más de una hora, la inercia lineal del partido y el tono monocorde impuesto por el ganador van arrastrando a Alcaraz, deslucido entre el cloroformo. Sin chispa, aletargado, todo el rato a remolque. Por momentos, muy negativo. Cansado de competir sin tregua y de hacer que la rueda gire: “Como mucho puedo hacer un 6-3 y 6-4, o un 6-3 y 7-5… ¡Hoy no puedo más! ¡Es un no parar! ¡Quiero irme ya a casa! ¡No puedo más! ¡No puedo más, tío! ¡No puedo más!”, se dirige a los miembros de su banquillo. El estadounidense está bordándolo y compite sin desviar la mirada, todo el rato en línea recta e imperturbable. Quizá, ahí reside el secreto: en no pensar demasiado en quién está enfrente. De lo contrario, sucede lo que sucede. Hasta ahí, un tenista impecable; poco más adelante, un escenario muy diferente.
Korda (25 años y 36º del mundo) es un excelente jugador al que las lesiones han perjudicado sobremanera. No le ha sonreído la fortuna desde el plano físico, desde luego, del mismo modo que su actitud —tan sumamente neutra, tan excesivamente contenida siempre— también viene jugándole una mala pasada. Elemento más que indispensable, el fuego. La frialdad contribuye a que aborde partidos de este calibre sin aparentes exigencias, con mucha templanza, sin ninguna urgencia; pero, al mismo tiempo, todo ese hieratismo hace que en ocasiones no llegue a prender esa llamarada tan necesaria y que el mecanismo se trabe. A la hora de la verdad, la rectitud se transforma en angustia. Domina y sirve para ganar, break arriba, pero se encasquilla.
“¡Tírale el órdago!”, sugiere Samuel López al murciano, que no lo ve nada claro, sigue flojo con los primeros y no consigue dar con la tecla ni el ritmo. No disfruta Alcaraz, sencillamente. Aun así, salva primero un potencial 1-4 (espejismo) y luego, adivinando esos temblores del adversario, consigue sortear una situación al límite. 5-4 y saque para el native, al que en un santiamén le cambia el rostro. Impoluto e ilegible hasta ahí, con una variedad y una técnica exquisitas, el brazo y la mente de Korda experimentan una repentina asincronía y proceden de manera independiente. A la voluntad no le sigue la ejecución y, a fin de cuentas, ambas desfallecen al compás. No es la primera vez.
En sentido inverso, cuando peor pintaba la cosa, la cabeza dura del español coge las riendas y le guía. Adonde no llega su cuerpo, le empuja el espíritu. Se le ve fatigado, pero se saca de la chistera un globo espectacular y, obediente, remando y remando pese a que no transmita las mejores sensaciones, atiende la demanda de su entrenador: “¡No te canses de coger olas!”. “¡Sigue, sigue! ¡Echa la llave!”. “¡Hasta el closing!”. El estadounidense cede el servicio en blanco, él solito, y a continuación se diluye. Señor bloqueo el suyo. Estupefacto, clavado. Va tragándoselo la tierra poco a poco y la concatenación de errores conduce el pulso hacia un tercer parcial de nuevo engañoso. Tarde de trilerismo en Miami.
Todo conduce a pensar que Alcaraz terminará llevándoselo. Sería lo lógico. Y quizá no tanto por una cuestión de juego como de naturaleza. Sobre ese escenario oscilante e invertido, de más a menos uno y ascendente el otro, el de El Palmar tiende a ser expansivo y su rival suele decrecer. Sin embargo, todo es un trampantojo. Pese al arreón, el número uno en ningún instante termina de encontrarse cómodo. Está saturado. Y el tenis, caprichoso él, expone a Korda a lo maquiavélico: de nuevo, una tortura. Lo retorcido: otra vez, 5-4 arriba y saque para ganar. ¿Segundo tembleque? No. En esta ocasión es diferente. Se sostiene. Hubiera sido demasiado merciless. Vence, porque simplemente lo merecía.
Carlos Alcaraz
vs
Sebastian Korda
Units:
dentro/totales
76/101
75%
dentro/totales
39/101
38%
