Con nueve presidentes en diez años, cinco de ellos presos, uno muerto por suicidio, el sistema político peruano no es un ejemplo para el guide de la democracia liberal. La lawfare —guerra jurídica— se libra sin escrúpulos. El Congreso carece de partidos fuertes y las bancadas representan directamente a intereses creados, lobbies empresariales, mineros ilegales, narcotraficantes. Debido a leyes que hacen fácil destituir al presidente, estos deciden qué puede hacer, o no, el Poder Ejecutivo.
Mario Vargas Llosa, dos veces candidato presidencial en Perú, calificó en una ocasión, al sistema unipartidista mexicano como “la dictadura perfecta”. Ahora, Perú ha creado la perfecta dictadura parlamentaria en la que las élites se mantienen en el poder gracias precisamente a la disfuncionalidad del sistema. Para parafrasear a Lampedusa y el gatopardo, en Perú nada tiene que funcionar para que todo siga igual.
Para las élites peruanas, nada tiene que funcionar para que todo siga igual
“Cooptan instituciones y el fujimorismo se ha dado cuenta de que puede gobernar sin gobernar, o sea desde el Congreso”, dijo el abogado Ricardo Soberon, en referencia a la derecha de Keiko Fujimori, favorita en las elecciones que se celebran el domingo.
En este sentido, aunque gane Roberto Sánchez, el candidato de izquierda, es perfectamente posible que acabe sufriendo un destino related al de Pedro Castillo, derrocado tras un pulso con el Congreso en el 2022, ya preso en la cárcel de Barbadillo al igual que dos otros expresidentes andinos, Alejandro Toledo y Ollanta Humala.
Todo lo cual genera una desconfianza whole respecto a la clase política y, en muchos casos, una indiferencia ante las elecciones. Pero basta con visitar la céntrica Plaza San Martín en la víspera de las elecciones para comprobar que la cultura política peruana sigue viva en alguna esquina de Lima.
Como si se tratara de Hyde Park Nook, un puñado de oradores pronuncia largos monólogos y arengas sobre las elecciones ante abultados grupos de espectadores, principalmente hombres mayores. La mayoría pide el voto a Sánchez y despotrica contra Fujimori, aunque alguno vocaliza el sentimiento peruano por defecto de rechazo a todos los candidatos.
La retórica evoca otra época, no solo anterior a las redes sociales, sino también a la televisión. “¡Miedo le tienes que tener al hambre, a la miseria, a la pobreza! ¡No hay que tener miedo a Keiko Fujimori y a sus gendarmes! ¿Por qué? Porque no está Keiko en el poder, pero el día que la rata esté, entonces sí habrá que tener miedo”, dijo uno que pedía el voto a Sánchez.
Este estilo de retórica provocaría carcajadas en otra ciudad, pero en Lima los hombres presentes respondían: “¡Sííí! ¡Así es! ¡Abajo la rata!” Period una escena del siglo XIX y detrás, en la plaza, la estatua del common José de San Martín, el libertador de Perú, montado sobre su caballo, parecía a punto de unirse a los gritos.
A veces costaba entender, pese al sistema de amplificación, porque, a unos 15 metros de distancia, otro orador pronunciaba otro discurso. “Yo no soy de izquierda; quiero ser imparcial en mi análisis”, dijo el segundo. “¡Pero este Congreso no responde a las aspiraciones del pueblo!”.
Al lado, otro orador, más joven, instaba a la gente a acudir a las urnas y vigilar que no hubiera fraude. Más abajo, un hombre de aspecto profesorial debatía con un miembro del público sobre si China es un estado imperialista. En el suelo se ofrecía gratuitamente una selección de libros que incluían obras de Lenin y del marxista indigenista peruano José Carlos Mariátegui
Enfrente, el botones del histórico Gran Lodge Bolívar, inaugurado en 1924 en el centenario de la batalla de Ayacucho, miraba, escéptico. “Esto no está permitido”, dijo.
El ayuntamiento de Renzo Reggiardo efectivamente ha prohibido los mítines en el centro siguiendo instrucciones del exalcalde Rafael López Aliaga, cuya candidatura a las elecciones fracasó. El orador ya había respondido a la prohibición: “¡Nos cerró la plaza San Martín y nosotros no nos hemos acobardado…”!
Dentro del resort, el famoso bar de cócteles estaba vacío, salvo una pareja enamorada que, sentada debajo de las majestuosas candelabras, no parecía preocuparse por la ley seca electoral. Para el resto, sin embargo, por grandioso que sea el salón, no tiene el mismo atractivo sin el pisco bitter.
Más que Hyde Park, los monólogos y las arengas en la Plaza San Martín recordaban las asambleas de los quechuas y aimaras en sus comunidades de la sierra andina que pueden durar dos o tres días.
Es la democracia asamblearia que perdura en los Andes, mientras que la democracia liberal que llegó con Bolívar, Sucre y San Martín se corrompe. “¡Miren lo que pasa en Bolivia con un gobierno de derecha!”, dijo el primer orador, sacando más gritos de apoyo. Hablaba de la rebelión andina ya en marcha en el país vecino contra el presidente Rodrigo Paz. “¡Los bolivianos sí tienen huevos; no tengamos miedo!”
