El cine ha conmemorado hasta el infinito (y es regular que el filón permanezca inagotable) el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y el histórico y bendito triunfo de los buenos contra los malos. Sobre la condición de los segundos, acaudillados por un ser tenebroso llamado Hitler, pero también amado y glorificado por la inmensa mayoría del pueblo alemán, no hay dudas. A su vez, sería necesario que las películas, los documentales y los libros también recordaran que el ultimate de la contienda estuvo protagonizado por la barbarie de los vencedores. Se cebaron los vencedores en los salvajes bombardeos de Dresde, el arrasamiento de Berlín, el infierno nuclear provocado en Hiroshima y en Nagasaki. Todas las guerras son así, testificarán los cínicos reafirmando su lucidez. Pues no vale.
Hay testimonios cinematográficos de aquella Alemania en ruinas, pero son mínimos. Roberto Rossellini, aquel hombre sabio y director excepcional, lo hizo en la conmovedora Alemania, año cero. Por ello, me sorprende encontrarme con La isla de Amrum, centrada en niños que sobreviven como pueden en una isla de Alemania cuando la period de Hitler da los últimos estertores. Y el microcosmos de ese universo complejo y fascinante está descrito con sutileza, lirismo nada ostentoso, capacidad de observación, sentido del paisaje, tensión ambiental.
Tratas de imaginarte el ambiente de ese pueblo y el comportamiento de sus moradores años atrás, en la época del triunfante nazismo y en las fulgurantes victorias en la guerra durante los primeros años de esta. Ahora intentan salir adelante, cuando encontrar comida y demás elementos básicos supone un problema cotidiano. Esos niños también poseen datos contrapuestos a través de sus familias de lo que supuso la política de Hitler. Los creyentes no se desnazifican de la noche a la mañana. Y los sentimientos permanecen en algunos casos aunque la realidad y el futuro sean amenazantes.
Michael Haneke retrató en la durísima y sombría La cinta blanca el incipiente nacimiento del nazismo, centrándose en niños y adolescentes, describiendo la educación que recibían. En La isla de Amrum ya todo es desolación, y refleja el instinto de seguir adelante cuando todo va a convertirse en negro. Aunque aparezca algún ancestral militante del nacionalsocialismo que tome la comprensible decisión de volarse la cabeza. En medio de ese clima abarrotado de miedo y de incertidumbre, hay una pareja de críos que se quieren y se protegen mutuamente, que no han perdido la capacidad de asombro ni la solidaridad, que sufrirán en su separación sabiendo que han vivido momentos y sensaciones que les acompañarán siempre.
La dirige Faith Akin, señor turco-alemán con notable prestigio en su país y en el mundo de los festivales de cine. Me recuerdan su filmografía y mi decaída memoria solo logra recordar la dureza de su película Contra la pared. La isla de Amrum está narrada con sensibilidad, sin subrayar nada, utilizando una estética nada ostentosa, aunque sí hermosa, para captar la autenticidad y la belleza de esa isla en la que se desarrolla la historia. Y es muy creíble el tono ambiental y el crío que la protagoniza, un chaval tan desarmante como pure llamado Jasper Billerbeck. Es una película bonita y triste.
La isla de Amrum
Dirección: Fatih Akin.
Intérpretes: Jasper Billerbeck, Laura Tonke, Lisa Hagmeister, Diane Kruger.
Género: drama. Alemania, 2025.
Duración: 93 minutos.
Estreno: 30 de abril.
