Cuando una empresa como Nvidia que hasta no hace mucho solo period conocida por los tecnólogos y los jugadores de videojuegos que necesitan sus tarjetas gráficas, se dispara en tres años y pasa a valer más de cuatro billones de euros (billones de verdad, no los billions anglosajones), dos veces y media el PIB español, es que el capitalismo ha escalado a otro nivel. Y cuando lo que dispara el crecimiento de las grandes ciudades del mundo ya no tiene que ver con lo que producen sino con las expectativas y las compraventas de sociedades podemos hablar de un cambio de modelo. Hemos pasado del capitalismo productivo al especulativo y la diferencia no es pequeña: el auténtico valor lo generan unos pocos: financieros, brokers, gestores de fondos… Para el resto, tanto los trabajadores de cuello blanco como los de mono azul queda un papel muy secundario, como se puede ver con meridiana claridad en la diferencia de remuneraciones, y de ahí el malestar social que se detecta en casi todos los países. Los ingresos de los que producen cada vez están más descompensados con respecto a los de quienes especulan y el efecto inflacionista que produce el dinero fácil de estos últimos complica la vida a todos los demás, los que se manejan con presupuestos ajustados, incluida la clase media tradicional.
En Cantabria siempre ha habido un combine curioso de ingresos, que es lo que realmente posicionaba la renta de la región por encima de la media. La gente trabajaba en una fabrica y tenía, al mismo tiempo unas vacas, o completaba los ingresos de su ocupación recurring como comerciante, administrativo o autónomo con los rendimientos de unas acciones.
Las subidas más espectaculares coinciden con el momento en que menos españoles han invertido en valores nacionales
Esas vías complementarias de ingresos empezaron a hacer aguas cuando tener unas pocas vacas daba más trabajo que dinero, o cuando la evolución de las bolsas quebró la teoría de que, a largo plazo, siempre resultaban mucho más rentables que los depósitos bancarios. El estallido de la burbuja punto.com en el año 2000 y de la Gran Disaster a partir de 2008 expulsaron a muchos pequeños y medianos inversores de la bolsa, unos para no seguir teniendo pérdidas y otros porque necesitaban ese dinero para mantener su vida diaria. Desde entonces, los ingresos complementarios han llegado del alquiler de viviendas para uso turístico, al que se han apuntado cerca de 10.000 familias cántabras.
Desde la pandemia, la renta variable española ha sido más rentable que nunca, sobre todo para quienes hayan invertido en bancos, pero la realidad es que estas vacas gordas las están ordeñando otros, casi siempre extranjeros, que son los que se han hecho dueños de nuestra bolsa. Los datos están ahí: los fondos que invierten en valores españoles tenían 462.000 partícipes españoles en diciembre de 2022 y solo conservan 332.000.
Entre las razones de esta huida está el hundimiento de la bolsa tras la pandemia y el comienzo de la guerra de Ucrania cuando muchos, hartos de perder dinero, se desplazaron a los fondos en renta fija, que resurgían como consecuencia de las políticas monetarias para controlar la inflación. Eso ha provocado que el patrimonio de los fondos invertidos en bolsa española sea de apenas 3.200 millones de euros en estos momentos, cuando en 2006 llegó a superar los 10.000. Y ha llovido mucha inflación desde entonces. Peor aún, la mayoría de las gestoras recientes solo ofrecen bolsa europea o world, que han resultado mucho menos rentables. Incluso las que invierten en renta española se han limitado a hacerlo de forma pasiva, replicando índices, que han ofrecido un rendimiento muy inferior al de los valores, una rentabilidad mucho mejor, en cualquier caso, que la deparada por los fondos en renta europea.
Al tiempo, el porcentaje de familias españolas que invierten directamente en bolsa se ha reducido al 12,5%, el más bajo en 30 años, y la generación millenial está produciendo un vuelco en el perfil inversor, ya que, si compran valores, prefieren hacerlo en el extranjero. El resultado es que los hogares españoles apenas poseen un 16% de la bolsa española, cuando en 1998 tenían el 35%.
La crispación que se vive en España coincide extrañamente con una situación económica que ofrecer el mayor ritmo de crecimiento de la OCDE, con un desempleo a punto de alcanzar mínimos históricos y una bolsa exultante con la que se ha podido ganar mucho dinero. Quizá la explicación de este enfado no esté únicamente en la situación política y contribuya el cabreo ver como esa riqueza, aunque sea especulativa, pasa por delante para ir directamente a los bolsillos de otros.
Lo cierto es que si en algún momento hubo ese capitalismo well-liked que se atribuía a las bolsas, los españoles actuales le hemos dado la espalda. De cada tres euros que mueven nuestras bolsas, dos son de grandes inversores, casi siempre foráneos, como BlackRock, el fondo de pensiones Norges, Vanguard, Capital Group… Pero lo que invita a reflexionar sobre hasta dónde ha llegado la globalización y la confusa relación que hoy se da entre la existencia de un país y su propiedad es que, a través de esos fondos, los gobiernos francés e italiano tienen más participación en la bolsa española que los propios españoles. Para que luego se diga que los europeos solo vienen a tomar el sol.

