
Desde que leí la Guía del autoestopista galáctico, el descacharrante clásico de la ciencia ficción que escribió Douglas Adams a finales de los setenta, quiero un pez Babel. Según la guía, es pequeño, amarillo, parece una sanguijuela y es la criatura más rara del Universo. Se alimenta de la energía de las ondas cerebrales ajenas, y si la introduces en tu oído excreta en tu mente una matriz telepática que te hace comprender todas las lenguas. Me gustaba pensar que en el futuro iríamos por el mundo con nuestro pez en la oreja entendiéndolo todo. Y resulta que, como tantas otras cosas que suceden muy lentamente hasta que después pasan de pronto, tengo uno en casa desde hace una semana sin darme cuenta, probablemente porque tiene pinta de móvil y aún no es usado como pez por demasiada gente. Lo he probado en una importante conferencia de negocios internacional (es decir, he llamado desde el dormitorio a mi pareja que hacía el paripé en el salón) y la traducción simultánea del teléfono ha funcionado relativamente bien: yo escuchaba una voz sintética masculina en español y él, otra femenina en inglés. Poseen esta función algunos móviles de alta gama de Google, Apple y Samsung, pero también existen en el mercado auriculares genéricos que prometen lo mismo por 30 o 40 euros.