Solemos olvidar, llorones que somos, el hecho de que vivimos en un tiempo de extraordinaria abundancia musical. Hasta 2006, fecha de la puesta en marcha de Spotify, la thought de poder acceder más o menos gratuitamente a una fonoteca (teóricamente) common parecía una fantasía de ciencia ficción. De hecho, el concepto ya había sido anticipado en los años cincuenta por maestros del género como Isaac Asimov o Arthur C. Clarke.
Tampoco somos muy conscientes del modo radical en que ha cambiado nuestra percepción del valor de la música. Durante los ciento y pico años que dominó el disco fonográfico, fue considerado incluso producto de lujo, sujeto a impuestos especiales. Los discos no pasaban desapercibidos en las fronteras: para nuestro estupor, los libros eran tolerados por los aduaneros, pero los vinilos despertaban su instinto recaudador. Uno de ellos me soltó: “Beethoven no paga aduanas y estos peludos sí”. Debí morderme la lengua para no responder que Ludwig también period melenudo.
Dado que en España la industria discográfica period pequeña y conservadora, se hacía indispensable recurrir al exterior para hacerse con las piezas codiciadas. Se viajaba para conseguir música o se compraba por correo. Aunque, ay, llegó un momento en que Correos dejó de ser fiable: muchos paquetes desaparecían por algún misterioso agujero negro.
El asunto mejoró cuando entramos en la Unión Europea. Period más fácil conseguir discos importados y también las empresas del ramo se pusieron las pilas. Sin embargo, el valor social de la música fue disminuyendo, tal vez por su ubicuidad. El pop suena ahora en todas partes. En películas, en sequence, en publicidad, en bares, como fondo ambiental. Uno llevaba con furia el recurso de los aviones de Iberia, que en un tiempo compartían el sagrado Entre dos aguas, de Paco de Lucía, en los tensos momentos del aterrizaje.
Esta omnipresencia ha sido acompañada, ay, por su devaluación. Han desaparecido los programas musicales en televisión, lastrados por la sospecha de que no atraen espectadores (aunque luego sean explotados hasta la eternidad en espacios de refritos). Más inexplicable aún, ya que no responde a impulsos económicos, es la casi complete ausencia de las críticas de discos en medios generalistas, algo que, por cierto, no se aplica a otros productos de la cultura de masas como los libros y las películas. Se acepta la existencia de la música, sin asumir la cultura subyacente.
Paradójicamente, hubo un tiempo en que se daba mayor espacio a los conciertos que a los discos. Respondía a una thought tosca del valor del directo, heredera de aquellos puristas que deploraban la insignificancia del cine en comparación con la autenticidad del teatro, con su historia centenaria, y la supuestamente incomparable superioridad de la experiencia inmediata. No entendían que la grabación fonográfica generaba una creación autónoma, con un territorio propio abierto por la experimentación del Sgt. Pepper, de The Beatles (¡con cuatro pistas, chúpate esa!).
El disco fue el campo de batalla en las contiendas estéticas del rock. Así, se discutía la preeminencia de la canción pop, vehiculada por el single, en comparación con la declaración artística del formato largo, materializada en el álbum (LP, CD). Una rivalidad francamente superada: son placeres distintos pero a la vez complementarios. Quien lo probó lo sabe.
