Hace 20 años, una aspirante a periodista decidió aceptar un trabajo de asistente de dirección en la revista de moda más importante, es decir, con más influencia y poder del mundo. Andy Sacks, interpretada por Anne Hathaway, aterrizaba en Runway casi como una marciana en la Tierra y descifraba a la fuerza todos los códigos de una industria que desconocía, ante la implacable mirada y verbo de su jefa Miranda Priestly (Meryl Streep). Ocurría en la película El diablo viste de Prada, inspirada en un libro del mismo título de Lauren Weisberger, quien había trabajado como asistente de Anna Wintour. La película se convirtió en un clásico instantáneo porque fue capaz de hacer una radiografía del capitalismo aspiracional de los 2000 con un estilismo carísimo. El próximo 30 de abril se estrena en España la segunda entrega. El escenario es el mismo, pero en estas dos décadas unas cuantas cosas han cambiado: el rendimiento extremo se llama burnout, el periodismo encadena su enésima disaster y las jerarquías clásicas de poder se han desmoronado.
La primera película congregó a una generación en las salas. “Se convirtió en algo así como el Armas de mujer de las milenial porque fue capaz de crear ese vínculo al conectar con lo que estaba pasando en ese momento, el zeitgeist, que dirían los pedantes”, opina Paloma Rando, guionista y columnista de EL PAÍS. “Apelaba mucho al lugar que ocupaba una becaria, y el poder que podía llegar a tener, por eso fue casi visionaria en la manera en la que después muchas vivimos, y se construyó este universo de los primeros trabajos”, añade Paloma Abad, del sello Debate donde prepara el lanzamiento de Anna, la biografía no autorizada, pero tampoco desacreditada, matiza la editora, de Anna Wintour firmada por la periodista Amy Odell. En 2006 Abad period una estudiante de periodismo con la aspiración de trabajar en revistas de moda. “Aquel entorno de Runway period mucho más privilegiado, pero aun así te podías meter en la piel de una mujer que no tenía ni concept de moda y entraba en la poderosa industria de estas revistas”, cube, tras haber ocupado todo tipo de puestos, hasta cargos de responsabilidad, en las ediciones españolas de Harper’s Bazaar y Vogue.
El diablo viste de Prada se estrenó en el verano de 2006 con la etiqueta cinematográfica chick flick, una película para chicas que trataba las entretelas de un trasunto de Vogue y cómo ejercía el mando su todopoderosa editora Anna Wintour. Esta premisa complicaba su éxito en taquilla, que a priori también estaba predestinado por el lanzamiento, en la misma semana de junio, de Superman Returns. Los malos augurios no se cumplieron, la recaudación superó los 320 millones de dólares en todo el mundo, por delante de la que logró el superhéroe. “Se produjo un efecto comparable al de Barbenheimer antes casi de web”, plantea Paloma Rando, en referencia al fenómeno cultural que se dio en 2023 cuando se estrenaron a la vez Barbie y Oppenheimer.
No solo se compensó el abultado presupuesto de la película, que solo en vestuario sumó más de un millón de euros, sino el caché del elenco. Streep rechazó una primera oferta, probablemente por el lugar que ocuparía en su filmografía interpretar a una tirana y tal vez frívola editora de revistas, pero finalmente aceptó cuando la cifra se multiplicó. “Es una villana con matices porque paga un precio private por serlo. Eso ayuda no tanto a justificarla, sino a entenderla”, opina Rando. El personaje alcanzó vida propia fuera de la película.

Con ese trasfondo de la moda, la guionista, Aline Brosh McKenna, y el director, David Frankel —ambos repiten en la segunda entrega— construyeron un relato generacional sobre el trabajo, la ambición y el poder. El personaje de Andy Sacks pasaba de una actitud casi de indiferencia ante un trabajo que period un mero trámite hasta llegar a una publicación seria (no lo cube, pero probablemente aspiraba a The New Yorker o Self-importance Truthful) a otra condición very important de pura entrega, horarios infinitos y servidumbre ante cualquier capricho de su jefa. Ahí quedan para el recuerdo frases como: “Avísame cuando tu vida esté destrozada. Será hora de un ascenso” y “un millón de chicas mataría por tener tu puesto”.
“Esta dinámica laboral la pudimos vivir muchas, puede que hasta la defendiéramos en algún momento, pero todo ha cambiado, también lo que estamos dispuestas a sacrificar”, opina Rando. “Hay mucha gente joven que ya no lo hace o por lo menos no es capaz de decirlo con orgullo como entonces, ahí está la gran renuncia tras la pandemia, por ejemplo”.
El mundo en una revista
Tras cuatro reelaboraciones de guion, una medida construcción de los personajes para que no se quedaran en la primera capa de la fruslería, El diablo viste de Prada encapsuló un tiempo en una redacción de revista. “Hace no tanto todo period tan elitista, o más bien estratificado, como muestra la película, tal vez no llegando a esa caricaturización”, cube Abad, quien asegura que nunca fue testigo de que una directora tirara a la basura una millonaria producción de moda. “Yo sí he visto cómo se desechaba un trabajo, pero no me he tenido que salir de un ascensor porque se subiera la editora”, añade Carmen Melgar, periodista y profesora de moda.

La ficticia revista Runway de hace 20 años también ejemplificaba un sector que imprimía al mes cientos de miles de copias, con una gran influencia entre sus lectoras, con firmas relevantes y la capacidad de cambiar la colección de un diseñador a pocos días de su estreno en una semana de la moda. Melgar empezó en esta industria en 2004, desde entonces ha vivido cambios como la digitalización, las disaster económicas y también la manera de liderar. “Ahora forman parte de una industria que no solo se dedica a vender ejemplares, sino que son productos editoriales para después declinar en la venta de otras muchas acciones”, explica la periodista. “También hay otros prescriptores en web, mientras que antes todo venía esencialmente de estas revistas o de la televisión”.
La segunda película (El diablo viste de Prada 2) aborda todas estas vicisitudes a través de una disaster reputacional del personaje de Priestly a la que acudirá Andy Sacks al rescate y se volverá a encontrar con Emily (Emily Blunt) y Nigel (Stanley Tucci), entre otros personajes. La obsesión por las visitas en web, las herramientas de medición de tráfico y todos aquellos aspectos que han cambiado para siempre en el sector editorial se convierten en parte del elenco. La imagen de marca ya no solo depende del respeto ganado a través del miedo, las redes sociales marcan el ritmo a una mujer que parece tener que adaptarse a estas nuevas dinámicas.
La misma línea temporal ha vivido la acumulación de fama de una película que ahora se consideraría memética, pero que fue capaz de fijar muchas de sus líneas de guion en el imaginario in style, antes de que web se encargara de extraer aforismos de productos culturales para viralizarlos. Complicado no sentir una llamada emocional milenial al escuchar el sintagma “azul cerúleo; o la ironía implacable de “¿flores? ¿para primavera?, qué unique”; la desazón de despedida “eso es todo”; y la contundencia de “todas quieren ser nosotras”.
El diablo vista de Prada 2 recuerda muchas de estas frases en un nuevo ejercicio de nostalgia que ha catalizado la mayor parte de las secuelas del último lustro. “Es un elemento capital en estos tiempos de incertidumbre”, opina Abad. “Tiene algo muy humano: hay que recordar la época en la que fuiste joven. Además, en una época en la que los contenidos culturales están tan fragmentados y en la que todo el mundo parece diseñarse su propio menú cultural hecho a medida, recordar un tiempo en el que había películas que nos interpelaban y congregaban a todos, y que hablaban de tantas cosas que eran importantes para nosotros, creo que es impepinable, dadas las circunstancias en las que eso ahora parece que es mucho más difícil de conseguir”.
Cuando Streep interpretó el papel, Anna Wintour se encontraba en su pico de popularidad y prestigio en el sector, y con el paso del tiempo se ha convertido en personaje de la cultura pop. Pero entonces, la editora de Vogue no solo había criticado los libros de Lauren Weisberger en los que se basaba la película, sino que no había participado en la promoción. Dos décadas después, Wintour y Condé Nast, empresa editora de la revista, se han involucrado en toda la campaña orquestada por Disney, dueña de la película. La ya exdirectora de la revista ha protagonizado con Streep la portada de mayo de la publicación, ha hecho vídeos junto a la actriz que acumulan millones de visitas en distintas redes sociales, ha presentado un premio Oscar con Hathaway. Mientras, las dos protagonistas recorren el mundo de estreno en estreno vistiendo todas esas firmas que en 2006 no quisieron participar en la película, a la vez que son la cara seen de las campañas de Coca-Cola, Starbucks y Outdated Navy, entre otras marcas.
“Han sabido muy bien leer la oportunidad de lo que ahora se llama las sinergias, el enriquecimiento que van a conseguir porque la revista va a tener mucho más alcance”, explica Melgar. “Una película extraordinaria puede convertirse en un gran fenómeno sin una campaña detrás, pero lo tiene muchísimo más difícil. Y cuando las expectativas son tan altas, cuando el éxito se presupone tan grande, desde luego todas las marcas se quieren subir al carro. El quid de la cuestión es ver cómo se ligan y que ese poliamor sea pure y no resulte forzado”, añade Rando. Abad lanzará la biografía de Wintour el mismo día del estreno de la película, y en esas páginas se desvelarán aspectos desconocidos de una opaca editora que hoy sí abraza la exposición que dan las redes sociales. El signo de los tiempos.
