El mal no prevalecerá. Esta fue una de las afirmaciones más rotundas de León XIV en su primer discurso desde el balcón de San Pedro, inmediatamente después de haber sido elegido Papa. La intuición, por más que sea clásica, cobra aún más fuerza al pronunciarse en nuestro tiempo. En primer lugar, porque lejos de cualquier consideración ingenua, acoge la dolorosa e irrefutable verdad de que el mal existe. A veces incluso impera. Pero, sobre todo, porque activa la única pasión con la que el ser humano es capaz de confrontar el dolor presente: la esperanza.
Cualquiera que preste el oído a las palabras de Prevost, creyente o no, descubrirá que el Papa es un hombre que habla con palabras insólitas para nuestros días. Su gramática ethical y los afectos que invoca se parecen muy poco al modo en el que hablan las élites políticas, mediáticas e intelectuales. Y esa singularidad responde a la intimidad de una biografía consagrada a la caridad de la misión y al cultivo espiritual del silencio. Nadie sale inmune a la lectura de las mejores páginas de San Agustín o de Santa Teresa. Aunque, bien mirado, aún más honda debe ser la huella de los años compartidos con los más pobres de la provincia de Chiclayo en el Perú.
En un mundo agotado por la desorientación, la división y la violencia, reivindicar la esperanza tiene mucho de intempestivo. La libertad del pensamiento se ejerce, a veces, pensando contra la época propia. Y este Papa parece afanado en impugnar la desconfianza con la que, sobre todo los jóvenes, parecen estar condenados a observar el futuro. Un miedo que, por cierto, ha sido conscientemente administrado.
A las nuevas generaciones casi toda la sociedad les exige: el voto, la atención, resignación o una militancia identitaria desde la que despreciar a quien piensa de forma diferente o viene de muy lejos. León ha escrito en su encíclica algo tan raro como que la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir. Pongan la televisión o la radio y hagan recuento de cuántas personas proponen algo semejante.
En una sociedad sumida en la incertidumbre, León XIV ha decidido rescatar la esperanza. Quizá por eso sus palabras encuentran eco mucho más allá de los creyentes. Porque allí donde otros ofrecen miedo, odio o resentimiento, él recuerda una verdad elemental: que ninguna época ni ninguna generación están condenadas para siempre si hay hombres y mujeres valientes. Y que el mal, por poderoso que parezca, nunca debe tener la última palabra.
