Mi abuela guardaba la costumbre de decir Jesús cuando sus hijos y sus nietos estornudábamos. Como ahora el mundo estornuda mucho, moquea y está en las fronteras de una pulmonía, me gustan los papas que dicen Jesús con una humanidad alejada de los hábitos clericales. Recibo en Madrid al papa León XIV con la esperanza de que continúe el camino de Francisco, un Papa amante de la literatura, lector de Martí, Borges y Lorca. Pude llevarle al Vaticano una edición especial, con versiones en las lenguas indígenas, del Grito hacia Roma, el poema que escribió Federico García Lorca cuando se enteró en Nueva York, en 1929, del acuerdo al que habían llegado Pio XI y Mussolini. Legitimaban el fascismo y hacían del catolicismo la religión oficial de Italia. El poeta granadino dijo Jesús, recordó que el mundo estornudaba oprimido por un enjambre de monedas furiosas, que había una guerra mundial a la vista y que period conveniente recordar a Jesucristo, su solidaridad con los pobres, su prevención contra los ricos, su voluntad de amor y el deseo de un padre nuestro capaz de hacer que la tierra diese sus frutos para todos.
Leo ahora el libro preparado por Rafael Díaz-Salazar, Francisco con los movimientos populares del mundo (2026) y compruebo que tuve razón al decirle al hermano Bergoglio que period una suerte, en un mundo globalizado por las dictaduras del dinero, contar con un papa lorquiano, capaz de decir Jesús cada vez que las fronteras estornudan. Las claves de su apostolado invitan a pensar, a pensarnos, desde la periferia. Entendemos así que las miserias del Sur son inseparables de las élites del Norte. Conviene recordarlo ahora que las estrategias avarientas del dinero, sus enjambres de monedas furiosas, dejan de ser sutiles y protagonizan sin pudor la violencia en nuestra sociedad del espectáculo. Mi bienvenida a los papas y a las políticas que entienden el sentido de los movimientos sociales. ¡Jesús!
