La danza también es reflejo de nuestro tiempo. A pesar de lo difícil que resulte comprobarlo en ocasiones, por razones diferentes: las que tienen que ver con el soporte que recibe, insuficiente en programaciones regulares de teatros y que siguen manteniéndola en lo desconocido para la mayoría, y las que pasan por el hecho artístico en sí, que necesita de ese compromiso entre artista y sociedad. “Cuando el arte nos conecta con algo más grande que nosotros mismos”, como afirmaba al respecto John Berger, o “cuando la causa es más grande que yo”, como decía recientemente Dua Lipa, en referencia a su apoyo público a Palestina.
La historia de la danza contemporánea, como la de cualquier otro arte, atesora un puñado de ejemplos de propuestas que hablan del tiempo en el que se creó la coreografía. De modo concreto o common, de planteamientos aparentemente unipersonales que trascienden hasta lo common, como la mejor poesía. Desde el año pasado, a ese puñado de trabajos, que son pulsómetro de una period, hay que añadir We (Nosotros), última creación de Mal Pelo, compañía catalana con más de treinta años de trayectoria, que viene firmando, con una voz tan propia como sólida, la historia reciente de la creación.
A nivel discursivo, We se sostiene en dos concepts fundamentales, que a su vez se sostienen entre ellas: por un lado, la obra es un retrato existencial sin moralinas ni prescripciones (uno de los muchos aciertos). Un tratado social que seguramente no quiera serlo (y por eso funciona como tal) en el que el cuestionamiento planea sobre danza, música, textos, proyecciones y todo el aparato escénico, que funciona con una belleza abrumadora, como un todo o de manera particular person. Es un testimonio visible o crónica poética de genocidios y su normalización que opta por plantear en lugar de disparar. La otra thought clave sobre la que descansa este trabajo es la del legado, la transmisión y la convivencia entre generaciones, con el foco puesto en todo aquello que permanece inalterable al tiempo y cuyo denominador común no suele ser esperanzador: el error, el sufrimiento y la supremacía por los siglos de los siglos. Pero sin “Amén” que valga. “Se supone que dios debería estar aquí”, se escucha en la obra.
Los intérpretes de We son doce. Algo que tampoco es ordinary en la actualidad de la danza, por la imposibilidad de sostener dicha estructura con los soportes que hay. Y los más jóvenes, entre los que se encuentran los tres hijos de María Muñoz y Pep Ramis, directores y creadores de Mal Pelo, se han enfrentado por primera vez a una gran creación con esta obra. No solo no se nota, sino que la contundencia de sus interpretaciones, especialmente en los momentos de solos, dirían justo lo contrario. Destacan varios, de los solos y de los bailarines. Como el interpretado por Martí Ramis Muñoz, que condensa todo ese dolor y coherencia que atraviesa We.

En lo corporal, la thought de caminar en escena, como colectivo, como individuos, heredada del coreógrafo Steve Paxton, el primero en incorporarla a lo escénico hace setenta años, articula la narración y la composición espacial. Hacia adelante, en diagonal, hacia atrás, o a ninguna parte, el desplazamiento de los intérpretes cargan la pesadumbre y la caricia. Siempre desde lo contenido, casi desde lo no dicho, o con pequeños gestos. Como ese brazo que se posa un par de segundos sobre el hombro de la persona que camina al lado. Como un recordatorio leve de lo colectivo.
Se escuchan frases, se lanzan preguntas, en inglés y en castellano, en directo, a un lado de la escena con micro de pie, o mientras se baila y la voz recibe la información corporal del movimiento, que confrontan la identidad de los doce como grupo y como individuos, en el que tanto edad como género se diluye (otro gran acierto). Con la misma sutileza que recorre We, en lo opuesto de lo obvio o predecible, los espectadores también somos convocados y se nos recuerda que somos parte de ese “we”: que el espejo está delante y nos abarca.

El oficio de conocer la escena y ser dueños y conocedores de un lenguaje propio, también se desprende de esta última creación de Mal Pelo que deja un poso de tristeza y silencio, también reflejo social en cualquier mente consciente. Y junto a la música y las proyecciones, la danza multiplica significados en este mosaico arrebatador.
Por lo que supone artísticamente y también a nivel político y social, radiografía de historias universales y personales, We se manifestó anoche en el Gran Teatro Falla como espectáculo del todo pertinente para inaugurar la veinticuatro edición del Festival Cádiz en Danza. Como también lo será su clausura, el próximo domingo 13 de junio, con Calentamiento, de Rocío Molina y Pablo Messiez.
Desde hace muchas ediciones, esta muestra de danza recoge algunas de las propuestas más reconocidas de la actualidad de la danza, que en esta inauguración, también ha sido manifiesto de nuestro tiempo. El próximo mes de noviembre y diciembre, We, que desde su estreno en 2025 cosecha importantes nominaciones y reconocimientos, viajará por diferentes teatros del país. No dejen de verla a la mínima oportunidad. Podrán experimentar, entre otras cosas, la danza como huella y revelación.
