
Dos semanas y media sin pisar mi escuela y confieso que la única certeza que me acompaña por la noche es un nudo en la garganta y unas ganas inmensas de llorar. Este insomnio forzado surge de la rabia y la frustración constante frente a la actitud de la Conselleria. Ante la mayor movilización en la historia de los docentes valencianos, la respuesta institucional ha sido un intento sistemático de desprestigiar nuestra vocación ante la sociedad. Sin embargo, frente al desamparo, nosotros mantenemos intacta nuestra dignidad. Nos estamos manifestando desde el más absoluto respeto, asumiendo una dolorosa pérdida económica, con una única misión: hacer comprender a la sociedad que no es lo mismo un aula con 25 alumnos que una con 20. Hoy me iré a dormir sin saber si mañana mi límite de resistencia me mantendrá en la calle o me devolverá a clase, pero tengo una verdad a la que agarrarme: la decisión que tome, sea una u otra, la haré pensando única y exclusivamente en el bienestar de mis alumnos. Ojala quienes nos gobiernan pudieran decir lo mismo.